Confieso que acudí al Centro Riojano de Madrid con una mezcla de curiosidad y escepticismo. La presentación de una novela histórica firmada por un diputado en activo no suele deparar grandes sorpresas intelectuales. El género suele producir libros escritos entre vuelos, más cercanos al marketing personal que a la literatura. Me equivocaba.
Jaime de los Santos presentó el pasado 6 de julio su segunda novela, El evangelio según Caravaggio, y lo que pudo haber sido una velada de autocomplacencia política se convirtió en algo inusual: una conversación de altura sobre arte, verdad y compromiso moral.
El hilo conductor del libro y del acto, es la tesis de que Caravaggio y Pasolini comparten algo más que la genialidad y el escándalo: ambos buscaron la verdad en los márgenes, entre los descartados por la sociedad, negándose a embellecerla o a romantizarla.
De los Santos ha pasado años persiguiendo esa verdad en penumbras litúrgicas romanas, viendo los cuadros como los veían los fieles del siglo XVII, con incensarios y velas, sin la iluminación turística que hoy los traiciona. Ese rigor se nota en la palabra.
Lo más revelador de la noche no fue lo que dijo sobre Caravaggio, brillante, por cierto, especialmente su reivindicación del pintor como artista de la luz frente a la manida etiqueta de «tenebrista», sino cómo lo dijo. Sin el lenguaje de los comunicados, sin el alambre de las talking points, con la naturalidad de alguien que lleva años pensando en serio sobre algo.
Eso me llevó a una reflexión que quiero compartir aquí.
El cerco mediático y sus víctimas involuntarias
Vivimos en un sistema de representación política que ha encontrado en la simplificación su combustible. Las cámaras buscan la frase viral, el gesto indignado, la bravuconada que circula en redes. El resultado es un escaparate donde los personajes más visibles, los Oscares, la chica de la curva, los aplaudidores de turno, ocupan un espacio desproporcionado, mientras que parlamentarios con formación sólida, ideas propias y capacidad de elaborarlas con rigor permanecen en una penumbra que no es la de Caravaggio, sino la del silencio mediático.
No dudo de que existen muchos diputados cultos. Los hay que leen historia del arte, que conocen la Contrarreforma, que saben por qué Goya tardó dos siglos en ser comprendido del todo. Pero el sistema no los premia; los neutraliza. La noticia no es la idea bien argumentada, sino el exabrupto bien cronometrado.
En ese contexto, escuchar a Jaime de los Santos hablar de la Roma barroca, de Roberto Longhi rescatando a Caravaggio del olvido en 1951, de la prostituta Ana Bianchini convertida en modelo de una Virgen que le costó al pintor la expulsión de Roma y hacerlo con precisión histórica y emoción literaria, produce algo parecido a lo que los anglosajones llaman a breath of fresh air. Un soplo de aire fresco, en efecto.
La novela y su envés político
El evangelio según Caravaggio no es, aclaro, una novela de tesis política disfrazada de ficción histórica. Es eso que escasea: una obra que nace de la investigación genuina, años viajando a Roma, documentación en archivos, contemplación directa de las obras y que tiene algo que decir sobre la condición humana.
La figura de Costanza Colonna, mecenas y mujer adelantada a su tiempo que hizo posible la trayectoria de Caravaggio y a quien la historia oficial redujo a nota al pie, adquiere en la novela el protagonismo que merece.
Cuca Gamarra, que cerró el acto con intervención sustanciosa, señaló algo que me pareció exacto: en la literatura es donde mejor se reconoce al Jaime auténtico. La política forma a sus operadores en el arte de no decir nada comprometido. La literatura exige lo contrario.
La tercera edición (firmada ese mismo día) y el anuncio de una cuarta edición ilustrada para la Navidad de 2026 confirman que hay lectores que agradecen que alguien les hable de la verdad sin filtros, aunque esa verdad incomode.
Que un diputado en activo haya escrito algo así, y que sepa defenderlo con inteligencia y pasión, no debería ser noticia. El problema es que lo es.
Estoy contento pues compré el libro y ya tengo lectura para la semana próxima a orillas del Cantábrico, la tierra de mis ancestros.
