La Fundación FAES presentó en el Salón de los Pasos Perdidos del Senado de España el libro “Alexis de Tocqueville, Un liberal único”.
Eduardo Noya, el mayor experto mundial en Tocqueville es el autor de esta invalorable obra para conocer la vida y el pensamiento de “Un liberal único”.

La presentación estuvo a cargo de Pedro Rollán, Presidente del Senado, José María Aznar, Presidente de la Fundación FAES, Javier Fernández-Lasquetty, Miembro del Patronato de la Fundación FAES y el autor Eduardo Nolla, Catedrático de Teoría Política.
Se destacó la figura de Tocqueville como un pensador francés fundamental para el pensamiento democrático y liberal contemporáneo. El relato recorre su vida, su viaje a Estados Unidos para estudiar el sistema penitenciario que resultó en un profundo análisis de la democracia americana, y sus obras clave como «La democracia en América».
Subraya la vigencia del pensamiento de Tocqueville, especialmente su análisis sobre el equilibrio necesario entre libertad e igualdad y los riesgos inherentes a la democracia. Finalmente, se conecta su filosofía con la situación actual de la democracia española, defendiendo la Constitución de 1978 y llamando a la vigilancia, el compromiso y el activismo político para proteger las libertades frente a las amenazas actuales.
El libro es un estudio riguroso y profundo, articulado cronológicamente con los hitos de la vida de Tocqueville y contextualizado en la Francia de la primera mitad del siglo XIX.
En 1831, viajó a Estados Unidos con el pretexto de estudiar su sistema penitenciario, este viaje fue fundamental, ya que el contacto directo con la democracia norteamericana le permitió analizarla, comprender sus fortalezas y, crucialmente, advertir sus riesgos, comparándola constantemente con la situación en Francia y Europa.
Destaca que el pensamiento clave de Tocqueville sobre la democracia, es el equilibrio entre libertad e igualdad. Tocqueville concluyó que el futuro de la sociedad europea era inevitablemente democrático donde planteó que la democracia auténtica requiere un equilibrio entre igualdad y libertad, advirtiendo sobre los desequilibrios: una democracia con más libertad que igualdad puede acabar en anarquía, mientras que una con débil libertad e igualdad impuesta se convierte en una democracia despótica, llegando a su definición central: «La democracia es la libertad combinada con la igualdad».
Formuló la idea de que «La democracia es el mejor sistema político, pero también puede ser el peor», definiendo un gobierno democrático como aquel que apoya la libertad humana, abre nuevas perspectivas, destruye barreras a su avance y proporciona a todos los ciudadanos, sin importar su condición, la capacidad de actuar con independencia.
Subraya que la democracia no es una conquista irreversible, sino que exige defensa, protección, vigilancia, compromiso, responsabilidad y activismo político continuos.
En el contexto de la democracia española cuando se celebra que la Constitución española de 1978 se ha convertido en la más longeva de la historia de España, sentando las bases de la democracia, los derechos y el progreso del país.
Sin embargo, se viven «tiempos complejos» y que, si los principios de convivencia, diálogo y consenso se debilitan, las libertades pueden erosionarse rápidamente.
Se finaliza con una cita de Tocqueville que llama a la ciudadanía a interesarse por los asuntos públicos, a tener opiniones firmes y estables, a controlar el funcionamiento de los poderes y a pensar en los asuntos públicos, no solo en los particulares. Esta reflexión del siglo XIX se insta a convertirla en una «conveniente habilidad» actual.
Cerró el acto José María Aznar destacando la pertinencia actual de sus ideas sobre la democracia, la libertad y el despotismo, analizando cómo las reflexiones de Tocqueville, especialmente en «La democracia en América», iluminan las crisis contemporáneas como el populismo y el cuestionamiento de las élites, que él ya había identificado como tendencias inherentes a las sociedades igualitarias.
Subrayó la advertencia de Tocqueville sobre el «despotismo democrático», una forma de poder suave y tutelar que mantiene a los ciudadanos en una infancia perpetua, presentando a Tocqueville como un liberal moderado que, reconociendo la inevitabilidad de la democracia, buscó las condiciones para preservar la libertad individual y la excelencia frente a las amenazas del igualitarismo radical y la tiranía de la mayoría, donde volver a Tocqueville se considera singularmente orientador para comprender la crisis democrática actual.
Al analizar el contexto personal y la motivación de su obra, se destaca que nació con el imperio napoleónico y su infancia estuvo marcada por el terror jacobino y la derrota de Napoleón, perteneciendo a una «generación de angustiados» y su obra es un intento de responder a cómo curar a Francia de «revoluciones estériles y dictaduras opresivas», siendo su objetivo principal demostrar cómo realizar la democracia sin caer en la guillotina o el sable.
José María Aznar aprovecha para analizar la democracia y sus peligros, como el del despotismo democrático, donde Tocqueville pronosticó su peligro, de carácter más benigno y extendido que el antiguo, que «degradará a los hombres sin atormentarlos», describiendo este poder como «inmenso y tutelar», absoluto, minucioso y bondadoso, que busca mantener a los ciudadanos en una «infancia perpetua».
Destaca que la igualdad genera dos tendencias: una que conduce a los hombres hacia la libertad y otra que los encamina hacia la servidumbre, siendo la preocupación de Tocqueville cómo preservar la libertad en sociedades inevitablemente igualitarias.
La crisis actual se manifiesta en el cuestionamiento radical de las figuras de autoridad y mediación (élites), siendo el populismo su expresión más evidente.
Tocqueville identificó fuerzas estructurales en las sociedades igualitarias que explican esta crisis: la «autoconfianza arrogante» y el «desinterés productivo», exacerbados hoy por las nuevas tecnologías.
En su discurso sobre el derecho al trabajo (1848), calificó al socialismo de «nueva forma de servidumbre» por su ánimo confiscatorio de la libertad humana.
Tocqueville admitía la justicia de la causa democrática, pero advertía que el reconocimiento de la igualdad no debe anular el cultivo de la independencia y la calidad de cada uno, sostenía que la libertad es un fin en sí misma; si los hombres se contentan solo con bienes materiales, perderán incluso la capacidad de producirlos.
Su liberalismo era moderado, rechazando tanto la nostalgia reaccionaria como la euforia revolucionaria y afirmaba que «no sólo las leyes las que conservan la ley son los sentimientos y las costumbres».
Abogaba por restablecer el equilibrio recuperando valores tradicionales como la modestia, la autoridad y el honor para atemperar los valores de la Ilustración (razón, autonomía, igualdad) y proponía la necesidad de élites políticas imbuidas del sentido del honor y la dignidad para restaurar su autoridad moral.
En una carta de 1857, Tocqueville reprochó a Gobineau sus tesis sobre la desigualdad de las razas, considerándolas incompatibles con el cristianismo y la decencia y rechazó la visión pesimista de Gobineau sobre la humanidad como un «rebaño degradado», reafirmando su fe en la especie humana.
El Salón de los Pasos Perdidos estuvo abarrotado de importantes figuras políticas como Esperanza Aguirre y Jaime Mayor Oreja.
