Participamos en la bellísima Alcalá de Henares, donde flotan en sus calles, casi sin interpelarse , los espíritus de Cervantes y de Cisneros, de una jornada titulada “El turismo como elemento de vertebración entre fe, cultura y territorio”, celebrada en el Colegio de San Idelfonso.
Disfrutamos de las ponencias e intercambio de pareceres de Giulia Mazzoni, Stella Coglievina, María Leticia Sánchez Hernández, Michele Gianola, Monseñor Gianni Ambrosio, Obispo Emérito de la Diócesis de Piacenza y de José Vicente Pérez Palomar, todos ellos provenientes de ambientes eclesiásticos, académicos y políticos, pero sobre todo profundos conocedores de los temas tratados.
Me concentro especialmente en dos de las ponencias, la de Miguel Rodríguez Blanco y la del Padre Gustavo Riveiro que paso a comentarles.
- Marco jurídico y gestión del turismo religioso
Miguel Rodríguez Blanco, catedrático de la Universidad de Alcalá:
El encuentro se estructura en torno a tres pilares: contenido, metodología y enfoque. Su punto de partida es el desplazamiento del interés desde el patrimonio cultural religioso tradicional, bienes inmuebles como iglesias y palacios, o bienes muebles como cuadros y esculturas, hacia el patrimonio inmaterial: paisajes, itinerarios, tradiciones, romerías, celebraciones y lugares de veneración. Este cambio de perspectiva amplía considerablemente el alcance del tema, ya que la memoria, la tradición, la historia, la etnografía y la naturaleza confluyen en los caminos y parques culturales como espacios vivos de significado colectivo.
El patrimonio inmaterial se reivindica como motor de enriquecimiento intelectual, vía de alfabetización cultural y, para los creyentes, instrumento de evangelización. Para afrontar esta complejidad, se constata que las aproximaciones jurídicas tradicionales resultan insuficientes, y que es necesario integrar el derecho con la economía, la historia, la geografía, el medio ambiente y la tecnología.
Diagnóstico jurídico: el problema español
Uno de los problemas centrales identificados es la falta de articulación entre la ordenación jurídica del turismo y la conservación, promoción y protección de los bienes culturales en España. Aunque la normativa de patrimonio histórico-artístico ha sabido incorporar el factor conjunto y articular relaciones de cooperación con las administraciones públicas, persiste una desconexión estructural entre ambos marcos normativos.
En el caso concreto de los itinerarios religiosos, como el Camino de Santiago, la situación es especialmente llamativa: existen múltiples normativas que difieren de una comunidad autónoma a otra, incluso cuando el bien protegido es el mismo itinerario. Las leyes autonómicas de patrimonio cultural apenas hacen mención a los caminos y prácticamente ignoran los parques culturales. Esta dispersión normativa genera inseguridad jurídica y dificulta una gestión coherente y sostenible.
En contraste, Italia presenta un tratamiento normativo mucho más elaborado, que ha dado lugar a iniciativas de colaboración entre el sector privado, las administraciones públicas y las confesiones religiosas. Este modelo italiano se presenta como referente deseable y justifica la participación de expertos italianos en la jornada.
Cuatro líneas de actuación propuestas
Para superar estos déficits, se proponen cuatro líneas complementarias:
Primera — Cooperación internacional. Los itinerarios religiosos transnacionales, como el Camino de Santiago, requieren marcos de cooperación entre países que permitan establecer medidas comunes de protección y gestión. La fragmentación nacional dificulta la coherencia del conjunto.
Segunda — Marco jurídico específico para itinerarios religiosos. Se propugna una normativa básica a nivel nacional, elaborada con la participación de comunidades autónomas, regiones y entidades locales, que contemple un núcleo común para regular tanto el patrimonio material como el inmaterial de los itinerarios. Este marco debería superar la actual dispersión y establecer mínimos comunes aplicables en todo el territorio.
Tercera — Turismo sostenible. Es necesario favorecer iniciativas que promuevan un turismo respetuoso con el medio ambiente y con las comunidades locales, equilibrando el crecimiento del sector con la preservación de los recursos culturales, naturales y espirituales que lo sustentan.
Cuarta — Valorización del elemento religioso y espiritual. Los itinerarios religiosos son espacios vivos de cultura, historia y espiritualidad, no meras vías de tránsito. Su gestión debe garantizar la conservación de ese carácter vivo para las generaciones futuras, a través de la cooperación entre administraciones públicas, entidades religiosas y comunidades locales.
Metodología y enfoque interdisciplinar
La jornada convoca deliberadamente a responsables de entidades religiosas, historiadores, expertos en derecho religioso, juristas, responsables de administraciones y representantes del mundo empresarial. Esta diversidad responde a la convicción de que solo desde la colaboración multidisciplinar es posible desarrollar regulaciones, planes de actuación y herramientas eficaces.
El disfrute que se busca promover abarca dimensiones muy variadas: el contacto con la naturaleza, la reflexión interior, la contemplación, el silencio, el desafío, la aventura, la admiración de la belleza, la espiritualidad y la trascendencia. A estas se suma una dimensión económica que no debe ignorarse: el fomento de las empresas locales, el pequeño comercio, la artesanía y la dinamización de los territorios.
El enfoque queda sintetizado en la cita de Séneca que vertebra la sesión: «Ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.» La claridad de objetivos es condición necesaria para cualquier avance normativo y pastoral.
- El «homo viator» y la evangelización
Gustavo Riveiro , Director del Departamento para la Pastoral del Turismo de la Conferencia Episcopal Española
El giro institucional de 2022 y su significado
El punto de partida de la ponencia es un hecho institucional con profundas implicaciones teológicas y pastorales: el 1 de octubre de 2022, cuatro días antes del VIII Congreso Mundial de Pastoral de Turismo en Santiago de Compostela, el Papa Francisco transfirió las competencias de la Pastoral de Turismo desde el Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral al Dicasterio para la Evangelización, que es el organismo central de la curia vaticana encargado de lo esencial de la misión de la Iglesia y presidido por el propio Papa.
Este cambio, aparentemente administrativo, tiene una carga simbólica y programática enorme. Hasta entonces prevalecía la lectura social inaugurada en tiempos de Pío XII (1953), que encuadraba el turismo en la categoría del descanso y, por tanto, en la dicotomía trabajo-descanso propia de la Doctrina Social de la Iglesia. Los primeros documentos sobre pastoral del turismo se encontraban, significativamente, en el Manual de Doctrina Social de la Iglesia, lo que refleja esa comprensión inicial.
Con la decisión de 2022, la Iglesia declara que el turismo ya no puede ser considerado un fenómeno meramente social, económico, cultural o de época, sino un espacio concreto y positivo para el primer anuncio evangélico. La consecuencia práctica es que la evangelización del mundo del turismo debe integrarse de pleno derecho en la pastoral orgánica y ordinaria de la Iglesia, dejando de ser considerada algo opcional, prescindible o frívolo.
En España, este reajuste tiene pendiente una traducción institucional: la Pastoral del Turismo sigue encuadrada en la Comisión de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Española, lo que refleja la comprensión anterior. El ponente sugiere que este encuadre debería revisarse para reflejar la nueva orientación evangelizadora.
Para dimensionar el desafío, Riveiro aportó datos que ilustran la escala del fenómeno turístico que hablan por sí solos.
Este peso sistémico justifica que la Iglesia, como observador permanente ante la Organización Mundial del Turismo y con delegados en instituciones como los Caminos Culturales de Europa, ejerza una doble acción: pastoral y diplomática.
El «homo viator»: turista, viajero y peregrino
El concepto central de la ponencia es el «homo viator», el hombre viajero, entendido como una categoría intermedia y dinámica que permite comprender el fenómeno turístico en toda su riqueza humana y espiritual. Riveiro propone distinguir tres figuras que no son estancas sino que representan un continuo de profundización:
El turista mira, consume, fotografía. El viajero experimenta, se transforma. El peregrino contempla, es decir, «mira desde el templo.» Esta progresión del mirar al contemplar es el hilo conductor de toda la reflexión pastoral.
La Biblia, recuerda el ponente, es en buena medida una suma de viajes y desplazamientos: las 42 etapas del pueblo de Israel en el desierto, los viajes de San Pablo, Jesús como el gran peregrino. Cuando consultó a la inteligencia artificial cuántos desplazamientos contiene la Biblia, el sistema fue incapaz de proporcionar una cifra definitiva, lo que el ponente tomó con cierta satisfacción como muestra de que el viaje es una realidad tan profunda que escapa incluso a la cuantificación digital.
Los tres arquetipos evangélicos del viajero
Para ilustrar las distintas modalidades del homo viator, Riveiro analiza tres figuras bíblicas desde una perspectiva intencionalmente distinta a la exégesis tradicional, acercándose a ellas en su dimensión más humana y existencial.
El hijo menor — Del turista al peregrino
El hijo pequeño de la parábola del Padre Misericordioso (Lucas 15) parte como un joven que quiere «ver el mundo», explorar otros horizontes, conocer otras gentes. En palabras actuales, quiere hacerse turista. Su partida se parece a los grand tours del siglo XIX, cuando jóvenes de clases acomodadas en Francia y el Reino Unido emprendían largos viajes a países lejanos sin fecha fija de regreso, como retrata la serie Bridgerton.
Pero el viaje del hijo menor se convierte en algo mucho más profundo. Viaja a la soledad, al hambre, a la humillación, al trabajo esclavo, al infierno de verse tratado peor que los cerdos que apacienta. Y también viaja hacia adentro, al fondo de sí mismo, donde descubre el rostro de su padre con una claridad que nunca había tenido. Este viaje interior lo transforma radicalmente. El que partió como turista regresa como peregrino: distinto, con una nueva luz, capaz de ver con otros ojos el hogar y las personas que le esperan.
La conclusión pastoral es contundente: los buenos viajes cambian a las personas. Abren horizontes, disuelven desconfianzas y prejuicios, acercan corazones. Nadie regresa igual de un viaje genuino.
El hijo mayor — El peligro del «no viaje»
La contracara es el hijo mayor, que nunca salió, que siempre estuvo ahí. Riveiro recupera el significado etimológico original de la palabra «idiota», que en griego clásico no tenía connotación ofensiva, sino que designaba a quien nunca había salido de su propio ámbito, que no había conocido otros pueblos ni otras realidades, que no había degustado otras comidas, escuchado otras lenguas ni cantado otras canciones.
El ponente se pregunta si la inflexibilidad, la cerrazón y la actitud sin misericordia del hijo mayor, que en ningún momento llama «hermano» a su hermano, no tienen su raíz precisamente en su falta de viaje, en el exceso de localismo que convierte la propia forma de ver el mundo en la única posible. El localismo excesivo, concluye, puede volverse patológico y estar en el origen de algunos nacionalismos cerrados y obsesivos.
Zaqueo — El turista que quiere ver y conocer
El tercer arquetipo es Zaqueo, que «quiere ver a Jesús» y se esfuerza, se desplaza, trepa a un árbol para lograrlo. Riveiro lo identifica con el turista contemporáneo: los millones de personas que cada año visitan las catedrales y monumentos religiosos que, significativamente, ocupan siempre los primeros puestos entre los diez monumentos más visitados de España. Lo llamativo es que esas mismas personas no entran cuando el espacio está abierto para el culto, pero sí lo hacen, y en masa, cuando hay que comprar un ticket de entrada.
El deseo de ver es real, pero corre el riesgo de quedarse en la superficie, mediado por la pantalla del móvil. El ponente reconoce que la fotografía objetiva la experiencia: lo que uno siente en el interior de una catedral, la interacción con el ambiente, la riqueza subjetiva del momento queda reducido y aplanado en la imagen digital. El desafío es cómo conducir ese deseo de ver hacia un encuentro más profundo, como ocurrió con Zaqueo.
Crítica a la musealización de los espacios sagrados
Una de las partes más directas y polémicas de la ponencia es la crítica a la reducción de los espacios sagrados a meros contenedores culturales. Riveiro pone como ejemplo personal la catedral que frecuenta con más asiduidad, la de Valencia, que recibe cerca de un millón de visitantes gracias a los cruceros. Los canónigos, reconoce, están satisfechos con los ingresos generados. Pero le «duele el alma» escuchar por los altavoces el mensaje: «Bienvenido a la visita cultural en la Catedral de Valencia.» Una catedral no es un salón cultural. Un salón cultural es el Museo del Prado, o en todo caso el Museo Diocesano. La catedral es otra cosa: es un espacio vivo, sujeto activo y necesario para el primer anuncio.
El problema no es solo de mensajes y protocolo. Es más profundo: cuando la explicación de una obra se limita a autores, estilos y escuelas artísticas, se explica la materialidad externa de los bienes religiosos, pero se deja en silencio lo que cuenta, lo que esos bienes fueron creados para decir. Se los deja sin voz. Se llega a hablar, incluso, de «turismo religioso sin religión», una fórmula que el ponente rechaza con contundencia: es como sentarse a comer sin comida, el abaratamiento hueco de una realidad rica y compleja.
El arte sagrado fue hecho para el encuentro entre Dios y el hombre, para el culto, el conocimiento de la fe y la adoración. Convertirlo en un producto de consumo turístico, por más que genere ingresos, es incurrir en una forma de profanación. Los bienes religiosos no pueden perder la finalidad para la que fueron creados: expresar, enseñar y celebrar la fe.
La belleza como camino a Dios
Frente a la musealización, Riveiro propone aprovechar la capacidad del arte para provocar una experiencia que vaya más allá de la conmoción estética inmediata. La emoción ante la belleza es un primer paso, pero no puede ser el único ni el último.
La raíz filosófica es platónica: el bien, la verdad y la belleza son tres caminos que convergen y se encaminan hacia Dios, realidades análogas, intercambiables e inseparables. Esta convergencia tiene sus ecos en el lenguaje. En español, «bonito» comparte raíz con «bueno». En griego, la palabra kalós tiene una doble connotación de bello y bueno a la vez: cuando Jesús afirma «yo soy el kalós pastor», no dice solo que es el pastor bueno, sino que es bueno y bello simultáneamente. En hebreo, la palabra usada en el Génesis cuando Dios contempla su creación y «vio que todo era bueno» puede traducirse igualmente como «bello». La estética y la ética están ligadas desde el origen.
La conclusión pastoral es que cuando se muestra una obra de arte hecha por manos humanas e inspirada por la fe, se puede hacer brillar, aunque sea como un tímido reflejo, la belleza infinita de Dios. El Templo de la Belleza es una persona, Jesucristo, y toda la obra artística de la Iglesia intenta celebrarlo y explicarlo.
La propuesta: guías con vocación catequética
Para hacer operativa esta visión, Riveiro propone la formación de guías turísticos especializados en bienes eclesiásticos que, más allá de su formación profesional propia, sean verdaderos catequistas. No se trata de sustituir la formación cultural o artística, sino de añadir un «plus» que les permita conducir al visitante del asombro estético a la contemplación y al encuentro espiritual.
El gran desafío actual, en todos los ámbitos de la vida, es arrancar a las personas del desinterés, la indiferencia y el autosecuestro de las pantallas. La emoción estética, cuando logra transfigurar a las personas y a las realidades, es capaz de iniciar ese proceso. Pero la simple conmoción no puede agotar la experiencia: hay más, mucho más, especialmente cuando se habla de patrimonio cultural trascendente, de bienes que hablan de Dios y allanan el camino hacia él.
El descanso como fundamento teológico del turismo
La ponencia concluye con una reflexión que lleva la argumentación a su fundamento más profundo. ¿Por qué debe la Iglesia ocuparse del turismo? Porque no hay nada verdaderamente humano que no resuene en el corazón de la Iglesia. Y el descanso, del que el turismo es una de las manifestaciones principales, es una realidad profundamente humana con raíces en la propia acción creadora de Dios.
Riveiro desarrolla una distinción que considera clave: se suele decir, con razón, que el trabajo dignifica. Pero la misma frase figuraba escrita sobre las puertas de los campos de concentración nazis. ¿Dónde está la diferencia? En el descanso. Es el descanso como acto verdaderamente humano lo que da sentido al trabajo y lo que permite distinguir entre la dignificación del trabajo libre y la esclavización del trabajo forzado. Dios mismo, en el relato de la creación, inventó el descanso para sí y luego lo estableció para los hombres, confiriéndole incluso carácter religioso con la institución del sábado.
A partir de este fundamento, el ponente lanza un llamado a elaborar una verdadera teología del descanso que aporte mística y luz a esa realidad sagrada que abarca el ocio, el reposo y el creciente fenómeno del turismo global. Esta teología sería el sustento espiritual de toda la pastoral del turismo, el «puerto» al que apunta el viento, en términos de Séneca.
Síntesis integradora
Ambas ponencias convergen en un diagnóstico común y una visión compartida. El turismo religioso y los itinerarios culturales son fenómenos de enorme magnitud, humana, económica, espiritual y jurídica, que no pueden seguir gestionándose con marcos conceptuales, normativos y pastorales diseñados para otra época.
Desde el derecho, se necesitan marcos jurídicos coherentes, coordinados y específicos que articulen conservación del patrimonio y promoción del turismo, aprendiendo del modelo italiano y superando la dispersión autonómica española.
Desde la pastoral, se necesita reconocer el turismo como espacio prioritario de primer anuncio, formando mediadores capaces de conducir al homo viator, al turista que quiere ver, al viajero que se transforma, al peregrino que contempla a través de la belleza hacia la verdad y el bien.
El hilo conductor es siempre el mismo: el viaje, interior y exterior, como experiencia fundamentalmente humana que puede ser el inicio de una transformación profunda. Convertir al turista en peregrino no es una metáfora piadosa: es el programa pastoral y jurídico de toda la jornada.
