Lamentablemente cuando nací, tres de mis cuatro abuelos habían fallecido, sólo pude conocer a la madre de mi padre, Doña Concepción Pérez de San Julián, un personaje singular.
Española de pura raza, me enseñó a amar a España, con historias y perseverancia. Todas las fechas de relevancia tanto de Argentina, mi lugar de nacimiento, Uruguay la tierra de mi madre o España, llamaba por teléfono a despertarnos con el grito de ¡Viva la Patria!, la “Patria Grande”, no las republiquetas creadas por Inglaterra al desmembrarse el “Imperio Español”, actitud que quizás fue producto de su generación, la del 98.
Una personalidad fuertísima, no mostrando en ningún momento el menor signo de debilidad, una coraza, producto de su experiencia vital, que tenía como uniforme un vestido de luto, que llevó rigurosamente desde los 25 años cuando enviudó, hasta los 96 cuando falleció.
Pocos días antes de morir durante un plácido sueño, donde encontró el descanso que la vida le había escatimado, tuvo para conmigo un gesto de cariño que nunca olvidaré, estando sentado a su lado, a mis 23 años, pasó su brazo sobre mi hombro y recostó su cabeza sobre la mía, lo sentí como el “reposo del guerrero”.
Este gesto, no tendría nada de inusual entre una abuela y su nieto si no conociéramos su historia, que se desarrolló en ciudad de Avellaneda, separada de Buenos Aires por un pequeño rio llamado “El Riachuelo”.
Pertenecía a una familia de inmigrantes españoles, empresarios y profesionales descontentos con una península castigada por la decadencia del imperio, que habían llegado al Rio de la Plata durante los últimos tiempos del Virreinato.
Su marido, mi abuelo, era ingeniero de caminos y estaba participando de la construcción del ferrocarril en la Provincia de Entre Ríos, cometiendo el error de ir a afeitarse a una barbería de un pueblo perdido, donde un pequeño tajo le provocó una septicemia que se lo llevó en menos de una semana.
Mi abuela con cuatro hijos y embarazada del quinto, quedaba viuda con 25 años en los primeros años del siglo XX.
De inmediato su familia, adinerada y de gran prestigio en Avellaneda, la arropó, pudiendo, si hubiera querido, recostarse en ellos y tener una vida plácida, pero no fue así.
Aunque no era muy común en esa época, ejercía el magisterio con gran pasión, conciliándolo con su rol de madre, una madre que decidió labrarse ella sola su futuro y el de sus hijos, pidiendo un solo favor a su familia, que usaran su influencia para ser designada directora de la escuela de la Isla Maciel, una pequeña isla, a la cual se accedió en bote a remos desde el barrio de La Boca, hasta muchos años después.
La escuela en cuestión tenía la peculiaridad de poseer una vivienda para su directora, lo cual le permitiría cumplir con su tarea profesional sin descuidar la atención y educación de sus cinco hijos.
Le tocó vivir la época de la “semana trágica” donde obreros del cordón industrial mayor de la Argentina que rodeaba la isla, se lanzaron a reivindicar sus derechos, enfrentado a las fuerzas del orden, desatando una cruel represión con centenares de muertos y heridos.
Los obreros estaban conducidos por anarquistas catalanes recién llegados, denominados por la población local como “catalanes tira bombas”. Las fuerzas del orden obedecían a un gobierno corrupto, a los requerimientos de la llamada “oligarquía vacuna” y a los dictados del imperio británico.
Este panorama fue tierra fértil para que entrara en escena el “hampa bonaerense”, grupo de matones y delincuentes al servicio del partido conservador, una versión “light” de la mafia de Estados Unidos.
Un vecino, y alumno adulto, de mi abuela fue Ruggero Barbero alias “Ruggerito” “prestigioso matón” al servicio del caudillo conservador Alberto Barceló, amigo de Carlos Gardel y temido por toda la isla Maciel, donde había nacido en el hogar de un carpintero napolitano.
Ruggerito no tuvo en cuenta que mi abuela no le tenía miedo a nadie, resultando que un día, “el matón de la Isla Maciel”, se había trasladado al centro de Avellaneda a concretar un piquete de dudosas intenciones, que impedía circular por el centro de la “ciudad industrial”.
Llegado al “piquete” y decidida a pasar, mi abuela detecta que estaba comandado por Ruggerito, se abalanzó sobre el temido matón y lo redujo a paraguazos, recriminando que no había asimilado lo que ella le había enseñado, como resultado se disolvió el piquete, ante la vergüenza de Ruggerito y las carcajadas de sus secuaces.
Habiéndoles dado un breve perfil que describe la fuerte personalidad de Doña Concepción, por supuesto nacida un 8 de diciembre, cabe relatar que no iba por la vida dando paraguazos, sino que se dedicaba a la docencia y a convertir en profesionales universitarios a sus cinco hijos.
A cada uno de ellos les eligió una profesión que acataron obedientemente, salvo mi padre, el rebelde de la familia, al cual le tocó ser médico en el reparto familiar de profesiones, pero él quería ser marino, como relato en el libro “Cuaderno de Bitácora de un Gaucho al Timón” publicado por Amazon.
Estaba cursando el tercer año de medicina haciendo las prácticas en el Hospital Fiorito, cumpliendo con las indicaciones de Doña Concepción, pero paralelamente, estudió en le Escuela Nacional de Náutica recibiéndose de Pilotín. Para poder acceder al título tenía que cumplir con un “pequeño” requisito, la autorización de su madre pues era todavía menor de edad (había terminado el bachillerato a los 14 años).
Con gran temor por la “fama” de mi abuela, las autoridades de la ENN fueron a pedirle la venia para acceder a un título que ella ignoraba totalmente que su hijo mayor había logrado.
Fue un final feliz que catapultó a mi padre a recorrer el mundo, a ser llamado “El Capitán de la Buena Estrella”, y “El Gaucho al Timón”, navegando por mares infectados de minas y submarinos alemanes, llevando el pabellón mercante argentino a las entrañas de la segunda guerra mundial, siendo recordada su salida de Amberes bajo la metralla alemana, que uno de sus fragmentos conservo.
Querida Mima (como yo la llamaba) fuiste un ejemplo y nunca te olvidaremos.
Mi abuela un año antes de enviudar
Mi bisabuelo que también se llamaba Ramón
Mi abuela con mi padre en 1940 en el puerto de Buenos Aires al volver de Amberes
