Donald Trump se declaró ayer dispuesto a sentarse con Vladimir Putin y Xi Jinping para hablar de Ucrania y de desnuclearización, quizá en Shenzhen, en la cumbre de la APEC de noviembre. Moscú y Pekín enfriaron el anuncio, pero el mensaje es nítido: el mundo discute su arquitectura de seguridad sin Europa en la sala.
No es un accidente. Washington y el Kremlin coinciden, por razones opuestas, en negociar sin Bruselas, y Bruselas, sin una política exterior única, sin músculo militar propio y sin una voz que hable por los veintisiete, ha hecho poco por evitarlo. Los analistas ya lo resumen con una fórmula cruel: Europa pagará y ejecutará lo que otros decidan.
En ese cuadro, la irrelevancia de España no es un daño colateral, sino una responsabilidad con nombre y apellidos. Bajo Pedro Sánchez, España se ha convertido en la excepción incómoda de la Alianza.
Fue el único país que se desmarcó del objetivo del 5% acordado en La Haya, defendió que le bastaba el 2,1% y llegó a ser calificada de «villano» de la OTAN por la prensa especializada. Cerró 2024 como el aliado que menos gastaba en defensa. En Varsovia, en Estocolmo y en las capitales bálticas, los países que viven a diario la amenaza rusa no ocultan su desconcierto, y el primer ministro polaco ha dicho que le resulta incomprensible la actitud española.
A ello se suman las ausencias simbólicas, como la de Múnich, donde Sánchez no acudió a un encuentro de mandatarios con Zelenski, o la de la fotografía de Tirana, donde se habló de Ucrania sin él. Un país que no está en la foto no está en la decisión.
La causa es doble. Sánchez gobierna sin mayoría, prisionero de socios que rechazan la OTAN y de una política exterior que convierte los gestos ideológicos en prioridad, mientras la gran cuestión de la seguridad europea se resuelve en otros despachos. Un Gobierno que no se pone de acuerdo consigo mismo sobre Ucrania y sobre Estados Unidos no puede aspirar a conducir a nadie. Y mientras tanto, los escándalos que cercan a su partido han erosionado el prestigio que España tuvo en la Unión.
Frente a ese vacío, a mi juicio, la oposición ha hecho en Europa el trabajo que el Ejecutivo no hacía. Alberto Núñez Feijóo, sin más cargo que el de líder de la oposición, ha mantenido desde hace años una interlocución fluida con Ursula von der Leyen y con Manfred Weber, y ha defendido en la sede del Partido Popular Europeo posiciones que hoy son el sentir de la mayoría: que Europa debe mostrar liderazgo, que Ucrania y la Unión deben estar en la mesa si Washington y Moscú negocian, que solo una paz justa será duradera, y que es posible exigir más autonomía estratégica sin romper con un aliado imprescindible como Estados Unidos.
Es la familia política de Von der Leyen, Metsola y Weber, la que más pesa hoy en las instituciones comunitarias. Que su líder español tenga ahí más voz audible que el propio presidente del Gobierno dice mucho de en qué manos está la política exterior de España.
Si Europa quiere dejar de ser espectadora, necesita a una España que vuelva a ocupar su sitio. Somos la cuarta economía de la zona euro, la frontera sur del continente, el puente natural con Iberoamérica y un actor imprescindible en el Mediterráneo y el Atlántico. Una España comprometida con su defensa, creíble ante sus aliados y coordinada con París, Berlín y Roma podría ser decisiva en el giro que Europa necesita: integrar su industria militar, hablar con una sola voz y exigir su asiento en las negociaciones sobre su propio futuro. Esa España ausente hoy puede dejar de serlo mañana.
De ahí que el 29N sea mucho más que un trámite interno. Feijóo lo plantea como una elección entre decadencia y cambio, entre incompetencia y cambio, y su Contrato con España pretende ofrecer un camino de reconstrucción nacional. Sánchez, por su parte, lo presenta como un plebiscito entre una «ola ultraderechista» y un baluarte de apertura y justicia social.
Los españoles decidirán. Pero conviene que lo hagan sabiendo que lo que se vota no es solo quién gobierna Madrid, sino si España regresa a la mesa donde se decide el orden mundial. Para España sería un cambio de época. Para una Europa que se desdibuja, podría ser la oportunidad de recuperar un socio y, con él, parte de su propia relevancia.
