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La Señal de la Cruz no es una simple opción personal, ser un estado aconfesional no significa ser un estado laico.

La izquierda quiere gobernar a golpe de ‘odium fidei’ y por cobardía o por  ideología oculta, varios le hacen el juego.

La actitud de no persignarse de Leticia Ortiz, Reina Consorte de España, en la Misa Funeral de Huelva, ha despertado críticas y halagos, pero entiendo, que es un tema que va más allá de las crónicas de corazón, con que la desnortada prensa dedica siempre cuando el jerarca es una mujer, pese a que se autodefinen como feministas. Lindo favor le hace al feminismo, cuando tratan a una autoridad del estado y/o del gobierno como si fuera Miss América y no como lo harían si el mismo cargo fuera ejercido por un hombre.

 

¿Qué es una Misa Funeral en la Iglesia Católica?

La Misa Funeral, es la celebración eucarística que la Iglesia Católica ofrece por el difunto, en la cual se celebra la Eucaristía (el sacramento central de la fe católica), se ora por el alma del fallecido, se proclama la fe cristiana en la resurrección y la vida eterna, y se consuela a los familiares y a la comunidad de creyentes.

¿Qué celebra y cuál es su significado?

La Iglesia, no ve la Misa Funeral como un homenaje estrictamente humano, sino como una oración desde la fe cristiana por el difunto, basado en la creencia de que: Cristo ha vencido la muerte, por el Bautismo el fallecido ha sido unido a Cristo, la Iglesia ora para que ese miembro pase con Él a la vida eterna, y se ofrece consuelo a los vivos en su dolor.

No es simplemente un rito cultural ni un homenaje social, su centro es teológico y sacramental la Misa Funeral es la expresión sacramental de la fe: la muerte no es el final sino la entrada en la vida en Cristo.

¿En qué se diferencia de un funeral laico?

La diferencia fundamental es doctrinal: el funeral católico es un rito sacramental centrado en Cristo y la esperanza de la resurrección y el funeral laico es una ceremonia de recuerdo humano, sin referencia a la fe cristiana ni sacramentalidad. La Iglesia considera que la Misa Funeral no es un mero acto cultural, sino un acto de fe y esperanza que anuncia la victoria de Cristo sobre la muerte.

Resumiendo, la Misa Funeral en la Iglesia Católica, es una celebración eucarística con un propósito doctrinal profundo: orar por el alma del difunto y proclamar la fe en la resurrección y la vida eterna, si no crees en esos conceptos debes abstenerte de concurrir.

Santiguarse, hacer la señal de la cruz con los dedos, es un gesto externo tradicional del rito católico que expresa, para los creyentes, la invocación de la Santísima Trinidad, un acto de fe personal y un signo de respeto ante la presencia de lo sagrado (por ejemplo, ante el altar o el cuerpo de un difunto en un rito religioso).

La señal de la cruz no es obligatoria para participar o mostrar respeto en una ceremonia religiosa, es un gesto devocional que algunos lo definen como parte de un “estilo personal” pero en ceremonias de Estado de perfil muy alto, los símbolos y gestos de las figuras institucionales se leen a menudo con carga mediática o política y la persona que ostenta una posición institucional no puede hacer lo que le plazca, debe estar acorde con lo que representa.

La izquierda, la progresía y el wokismo arrinconaron a la religión pasando de ser norma colectiva a opción privada.

En sociología del poder, el cuerpo comunica incluso cuando calla, en un funeral de Estado, cada gesto se convierte en lenguaje, no persignarse es un acto pasivo, pero socialmente muy elocuente, lo importante no es la intención personal, sino que el cuerpo del representante encarna un modelo cultural.

La monarquía española vive una tensión estructural, es históricamente católica, pero opera en un Estado constitucional aconfesional, con un gobierno declaradamente anticatólico (que sin ninguna autoridad desacraliza parcialmente una Basílica, con la complicidad de un cardenal express, nombrado fuera de toda costumbre romana por Bergoglio), donde cada gesto religioso del Rey o la Reina no se interpreta como fe personal, sino como posicionamiento institucional.

No fue un funeral de Estado en sentido estricto, no estuvimos ante una ceremonia diseñada desde el poder para “representar a todos”, sino ante algo mucho más elemental y humano: unas familias que rechazan el funeral de estado y que reclaman un funeral cristiano para encomendar a Dios el alma de sus muertos.

Las familias rechazaron explícitamente una ceremonia laica, rechazaron una ritualidad abstracta, cívica, simbólica, percibida, con razón o no, como ajena, incluso ideológica, reclamaron lo que durante siglos ha sido el lenguaje del dolor en España: oración, altar y esperanza escatológica.

Aquí no hay coreografía política en origen, hay clamor antropológico, cuando el hombre se enfrenta a la muerte, busca sentido, no protocolo.

Se trata de la muerte y la esperanza en la vida eterna y eso no es negociable desde el punto de vista del rito cristiano. En un funeral católico no se “rinde homenaje”, no se “celebra la memoria”, se intercede por el alma del difunto.

Por ello, el altar no es decorado, el gesto (persignarse) no es cortesía, sino acto teológico, la señal de la cruz dice: “Este muerto pertenece a Cristo, y yo también”, ahí es donde el gesto, o su ausencia, deja de ser neutro.

Cuando Ortega habla del tigre, dice: en esencia, el animal vive sin historia y el hombre sin tradición se disuelve, la tradición no es un hábito mecánico, ni una costumbre folklórica, es memoria viva que ahorra al hombre tener que inventarse cada mañana y un funeral no es un museo, es un acto donde la tradición no adorna, sino sostiene.

El conflicto no es fe vs. laicidad en abstracto, es esto: ¿Puede una autoridad que asiste a un funeral cristiano desentenderse simbólicamente del lenguaje del rito sin vaciarlo?

El funeral de Huelva no era una puesta en escena estatal, sino una exigencia humana y religiosa, donde el funeral cristiano no admite traducción laica sin perder su verdad.

 

La Reina Consorte, no actúa solo como individuo, sino como representación, no es una ciudadana más en actos públicos, no asiste en nombre propio, asiste en nombre de la Corona, y por tanto representa a la institución, cobra un sueldo público y dispone de estructura y personal pagados por todos.

Aquí la categoría de “libertad personal” no desaparece, pero queda subordinada a la función representativa, es exactamente igual que ocurre con un juez en los estrados, un militar uniformado y un embajador en un acto oficial.

España es una monarquía constitucional y parlamentaria, cuya legitimidad inmediata viene de la Constitución de 1978, pero no es una monarquía creada ex nihilo por la Constitución.

La Constitución reconoce una monarquía previa, no la inventa, ni la define simbólicamente desde cero y ahí entra la continuidad histórica.

Isabel I fue una Trastámara, y no es un detalle anecdótico, porque con ella se fija algo decisivo, la unidad política de España, la identificación entre corona y catolicidad, la idea misma de España como proyecto histórico, que hoy vivamos en un Estado aconfesional no borra ese ADN histórico, lo transforma, lo modula, pero no lo anula, por eso el Rey es Rey de España y no “presidente hereditario de una estructura neutral”.

Si la Corona fuese una figura intercambiable, podría haber sido importada o reinventada o sustituida sin trauma, pero no lo es, su fuerza y su fragilidad, está en esa continuidad histórica concreta, no abstracta.