Franceses y afrancesados lloran por el robo en el Louvre sin comprender que puede tratarse de una “justicia poética”.
Volviendo de mi viaje al Vaticano, sobre el cual les contaré la semana próxima, me entero del robo de las joyas de la española Eugenia de Montijo, en el Louvre, viniéndome de inmediato a la memoria, las severas sentencias de mis anfitriones italianos sobre el expolio al que fueron sometidos por Napoleón Bonaparte, lo cual me motivó a recordar y volver a investigar las andanzas delictivas de “Le Petit Caporal” a lo largo de medio mundo.
Viniendo de Roma, una ciudad que todavía conserva viva la memoria del expolio napoleónico, se merece que inicie la larga lista con Italia, mis amigos italianos tienen motivos de sobra para quejarse, pues el saqueo artístico ordenado por Napoleón Bonaparte fue sistemático y legalizado a posteriori por tratados impuestos a los vencidos, sin duda uno de los mayores traslados de patrimonio cultural en la historia moderna.
Desde la primera campaña napoleónica en Italia (1796–1797), Napoleón tuvo claro que la conquista no sólo debía ser militar, sino también cultural, mandó formar comisiones de arte encabezadas por expertos como Dominique Vivant Denon, futuro director del Museo del Louvre., estas comisiones tenían la misión de seleccionar y requisar las mejores obras de las ciudades italianas para enriquecer el museo central de París, que Napoleón convertiría en el Musée Napoléon, el embrión del Louvre moderno.
Esta banda de elegantes ladrones buscó resguardar las apariencias de legalidad con dos piezas jurídicas, el “Tratado de Tolentino” impuesto al Papa Pío VI, por el que Roma debió entregar 100 obras maestras de pintura y escultura, además de numerosos manuscritos y antigüedades, entre ellas se fueron a París, piezas como el Laocoonte, el Apolo del Belvedere y obras de Rafael, Tiziano y Guido Reni, y el “Tratado de Campoformio” con la República de Venecia, por el cual Francia se llevó los caballos de San Marcos, símbolos de la Serenísima, que fueron colocados en el Arco del Carrusel junto al Louvre.
Se calcula que más de 500 obras maestras fueron trasladadas desde Italia a París entre 1796 y 1814, que procedían de los Museos Vaticanos, San Marcos y sus palacios y de las ciudades de Milán, Parma, Módena, Bolonia, Florencia y Nápoles
El “jeta” de Napoleón veía esto como una forma de “democratizar” el arte, según él llevar los tesoros del mundo a un museo público, en lugar de dejarlos encerrados en palacios o templos, siempre y cuando el museo estuviera en Paris.
Tras la derrota de Napoleón en 1815, el diplomático y restaurador Antonio Canova fue enviado a París como representante del Papa para reclamar las obras robadas, Canova consiguió recuperar buena parte de ellas (el Laocoonte, el Apolo del Belvedere, etc.), aunque muchas nunca regresaron, por ejemplo, algunas obras venecianas y lombardas quedaron definitivamente en el Louvre, y aún hoy Italia reclama ciertas piezas como parte de su patrimonio perdido.
Bajo la patraña de consolidar el modelo del museo público moderno, accesible al pueblo, estableció una forma de imperialismo cultural, donde el arte se convirtió en trofeo de guerra y símbolo de dominación y, aunque esta nota resulte un poco larga, vale la pena repasar con un poco más detalle las obras que formaron parte del botín.
Entre las Obras devueltas a Italia pertenecientes a los Museos Vaticanos y colecciones papales encontramos:
El Laocoonte y sus hijos, escultura helenística cumbre hallada en el siglo XVI en Roma, el Apolo del Belvedere, mármol clásico que Napoleón consideraba el ideal de belleza masculina, el Antínoo del Belvedere, la Transfiguración, de Rafael Sanzio, el Entierro de Cristo, de Caravaggio, la Comunión de San Jerónimo, de Domenichino y el Cristo muerto sostenido por ángeles, de Guido Reni.
También lograron recuperar el Retablo de San Zenón, de Andrea Mantegna, devuelto a Verona, la Piedad de Giovanni Bellini, a Venecia, San Sebastián, de Antonello da Messina a Messina y diversas pinturas de Correggio, Parmigianino y Guido Reni a Parma, Módena y Bolonia.
Pero muchas quedaron en el Louvre y nunca regresaron, desobedeciendo al Congreso de Viena que ordenó las restituciones, poniendo Francia mil obstáculos legales y logísticos, aduciendo que no consideraban “robadas” las obras en cuestión, porque se habían obtenido mediante tratados firmados.
Algunas de las más famosas que permanecen en París pertenecientes a la Pintura italiana del Renacimiento son:
La Virgen de las Rocas, la Belle Ferronnière, la Virgen y el Niño con Santa Ana, y la mismísima Mona Lisa, todas obras de Leonardo Da Vinci, el Entierro de Cristo, de Tiziano, San Jerónimo Penitente, de Correggio y San Francisco recibiendo los estigmas, del Giotto, juntamente a esculturas como el Gladiador Borghese y el Hermaphroditus Borghese.
Llegado a este punto, mi corazoncito español me obligó a recordar el expolio de la ocupación napoleónica de España
Velázquez, Murillo, Zurbarán, Ribera y El Greco, fueron algunos de las decenas de maestros que fueron expoliados, el propio Pepe Botella ordenó en 1813 cargar más de 200 cuadros en carretas rumbo a Francia cuando huía tras la derrota en Vitoria, que al ser interceptado por las tropas británicas de Wellington, muchas pinturas fueron recuperadas y devueltas a España pero algunas se perdieron o quedaron en manos de otros ladrones seriales del patrimonio ajeno, los naturales de la “Pérfida Albión”, el propio duque de Wellington conservó varios en su residencia londinense, Apsley House, donde aún pueden verse, deben considerarlos un “souvenir” comprado en las inmediaciones de la Plaza Mayor.
Los franceses saquearon monasterios, catedrales y conventos con especial saña, considerando a la Iglesia su enemiga, se llevaron manuscritos, relicarios y códices del Escorial, tapices, cálices, biblias miniadas, y pinturas devocionales de Toledo, Burgos y Sevilla,
El Archivo General de Simancas fue saqueado y quemado parcialmente, en Madrid, los franceses confiscaron manuscritos de la Biblioteca del Escorial y del Palacio Real, algunos aún se conservan en París, en la Biblioteca Nacional de Francia, también se llevaron monedas, mapas, y piezas arqueológicas de Mérida y Sevilla.
Tres obras maestras aún permanecen como testigo de cargo en territorio galo, “El sueño de Jacob”, de José de Ribera en el Museo de Grenoble, el “Cristo en la cruz”, de Murillo en el Louvre y el “San Andrés”, de Ribera en el Museo de Narbona.
Cual vicioso incorregible, me volqué a buscar sobre la llamada expedición militar, científica y arqueológica, que abrió a Europa el conocimiento del Egipto antiguo, según sus defensores, pero realmente fue una operación de saqueo monumental.
Cuando Napoleón Bonaparte partió hacia Egipto en 1798, lo hizo no solo con un ejército, sino con un contingente de 167 llamados “sabios”, científicos, dibujantes, arquitectos, naturalistas y arqueólogos, reclutados con la excusa de documentar y estudiar la civilización faraónica., esa misión pseudo científica fue conocida como la “Commission des Sciences et des Arts”, y de ella nació la célebre obra monumental: “Description de l’Égypte” (1809–1829), una enciclopedia en 24 volúmenes que deslumbró a toda Europa, pero junto con la curiosidad científica vino el botín artístico y arqueológico, corrompiendo a los “sabios franceses” que lo acompañaban, tarea que no fue demasiado difícil.
Los tesoros que Napoleón se robó, excavando y desmontado obras colosales, no pudieron llevárselos todos, como el caso de la Piedra de Rosetta que hoy descansa en el British Museum.
En el Museo de Alejandría los “sabios galos” antecesores de los “pibes chorros” de Argentina, reunieron centenares de piezas, estatuas, momias, papiros, sarcófagos, amuletos, fragmentos arquitectónicos, utensilios, una parte fue confiscada por los británicos pero otra parte sí llegó a París y fue depositada en el Musée du Louvre, formando el núcleo inicial de su sección egipcia, como la estatua colosal de Ramsés II, sarcófagos de madera policromada del Valle de los Reyes, papiros funerarios y figuras funerarias, cientos de cuadernos de dibujo y planos con reproducciones precisas de templos, tumbas y jeroglíficos de Karnak, Luxor y Abu Simbel, mapas topográficos y arqueológicos de todo Egipto y colecciones de plantas, animales y minerales del Nilo.
Napoleón Bonaparte organizó el mayor saqueo artístico sistemático de la historia moderna europea, extendido por casi toda Europa continental entre 1794 y 1814, no fue un robo caótico de soldados, sino una política de Estado, el arte se convirtió en instrumento político, símbolo de conquista y trofeo de civilización, justificado por el mismo diciendo: “El arte pertenece a los pueblos libres; yo solo lo traslado al lugar donde será más admirado.”
De Bélgica y Países Bajos se llevaron centenares de cuadros de Rubens, Van Dyck, Jordaens y otros flamencos, donde también requisaron el célebre Tríptico del Cordero Místico de Van Eyck que fue llevado a París y devuelto tras 1815 gracias al Congreso de Viena, aunque le faltaban paneles, y finalmente Renania, Baviera, Prusia, Austria, Polonia, las actuales Croacia y Eslovenia, y Suiza fueron también víctimas del saqueo.
Por ello, volviendo al principio, quizás el robo a la parisina cueva de Ali Babá llamada Museo del Louvre, fue una “justicia poética” porque el que roba a un ladrón tiene cien años de perdón.
