Un discurso que España no merece olvidar
El discurso pronunciado por el Papa León XIV ante las Cortes Generales no fue un protocolo diplomático ni una visita de cortesía. Fue un acto de memoria histórica y de desafío intelectual dirigido a quienes tienen la responsabilidad de legislar. Ante un hemiciclo que no siempre estuvo a la altura de lo que escuchaba, el Sucesor de Pedro trazó para España un espejo en el que mirarse: una nación que ha dado al mundo contribuciones filosóficas, jurídicas, espirituales y lingüísticas de alcance universal, y que tiene la obligación moral de no traicionarlas.
El Papa eligió comenzar con Cervantes. No es un detalle menor. El autor del Quijote es la prueba mayor de que existe una civilización española que trasciende las fronteras y los siglos. León XIV recordó aquella declaración cervantina de que «la libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos», y la convirtió en el punto de partida de toda su reflexión sobre la persona humana, la dignidad y el deber del legislador. Cervantes no es un monumento de museo: es un argumento filosófico vivo.
La Escuela de Salamanca: España puso límites al poder cuando nadie más lo hacía
Pero el momento más denso del discurso fue sin duda la evocación de la Escuela de Salamanca. El Papa no la trató como una curiosidad historiográfica, sino como una aportación fundacional a la civilización jurídica internacional. Ante los retratos de los Reyes Católicos que presiden el Salón de Sesiones, León XIV recordó que cuando España abría mundos nuevos y enfrentaba responsabilidades históricas de alcance universal, fue desde Salamanca, a orillas del Tormes, donde se levantaron las voces que pusieron límites morales al poder.
Fray Francisco de Vitoria y la tradición de dominicos y jesuitas que le siguieron introdujeron en el pensamiento político la pregunta por el «valor irreductible de todo ser humano», la noción del totus orbis, una comunidad humana que ningún poder particular puede someter y el principio de que «la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad». Eso es el Derecho Internacional moderno. España lo fundó. No fue Rousseau, no fue Locke: fue Salamanca.
El Papa fue honesto con la historia: reconoció que «la sociedad y la misma Iglesia no siempre estuvieron a la altura» de esas intuiciones. Pero subrayó que el legado existe, que sobrevivió a las contradicciones de su propio tiempo, y que sigue interpelando a quienes hoy legislan sobre biotecnología, inteligencia artificial, migraciones y paz internacional. La pregunta salmantina, dijo, «sigue acompañando la tarea de quienes sirven a la vida pública».
Ese legado, concluyó León XIV, «vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano». Una pregunta que, a juzgar por la legislación de los últimos años en España, muchos presentes preferirían no escuchar.
Una lengua que une continentes: el idioma como civilización
Al final del discurso, el Papa señaló que España «cuenta con una lengua que une continentes». Una frase breve, pero de peso enorme. El español no es solo un instrumento de comunicación: es el vehículo de una civilización compartida por quinientos millones de personas en cuatro continentes, que incluye literaturas, derechos, músicas, teologías y filosofías que no tienen equivalente en ninguna otra lengua viva del planeta.
Decirlo en el Congreso español, en Madrid, es una afirmación de identidad nacional. Y es también, aunque el Papa no lo dijera explícitamente, una respuesta a quienes pretenden reducir España a una federación de particularismos o a una suma de lenguas sin jerarquía ni historia compartida.
El papelón catalán: el inglés en lugar del español, el catalán en lugar de Cristo
Porque mientras el Papa hablaba de una lengua que une continentes, en el mismo hemiciclo una diputada de Junts le respondía en inglés. No en castellano, no en catalán siquiera: en inglés. El mensaje no pudo ser más elocuente: para cierto separatismo catalán, cualquier idioma es preferible al español. La lengua de Cervantes, la lengua que el Papa acababa de celebrar como lazo entre pueblos, es lo que hay que evitar a toda costa.
El inglés de la diputada de Junts no fue un gesto de apertura universal: fue un gesto de rechazo identitario. Un papelón que el mundo pudo ver y que los catalanes que aman su tierra y aman España tienen razones para lamentar.
Y eso marcó el tono de toda la visita papal a Cataluña. Lo que Barcelona y el independentismo catalán quisieron saber del Papa fue, esencialmente, si les hablaba en catalán. No la «buena nueva». No el anuncio de que «Cristo resucitó». No el llamado a la dignidad humana, a la paz, al bien común que León XIV desarrolló durante dos días intensísimos. El criterio para medir la visita fue uno solo: ¿dijo alguna palabrita en catalán?
El avión que llegó a Barcelona aterrizó sin la bandera española. Pequeño detalle, gran símbolo.
Madrid: ejemplo mundial. Barcelona: solo poquito
El contraste entre las dos ciudades que acogieron al Papa fue tan evidente que no necesita exageración: los datos hablan solos.
Madrid fue exuberancia, organización y fe popular desbordante. Quinientas mil personas en la Vigilia. Un millón y medio en la Misa. Ochenta mil en el Bernabéu. Quince mil en IFEMA. Y el balance policial: cero detenidos, cero heridos, cero cargas policiales, cero contenedores quemados. Madrid fue ejemplo mundial de lo que puede ser una democracia que acoge, un pueblo que cree y una ciudad que sabe organizarse.
En el Bernabéu, el Papa hizo el mejor elogio posible de la institución y del pueblo que lo llenó: «un golazo para siempre». Palabras que quedaron grabadas y que resumen la capacidad madrileña de hacer grande lo que toca.
Barcelona ofreció otra imagen. La vigilia en el estadio olímpico de Montjuïc no se llenó: cuarenta mil personas frente a las quinientas mil de Madrid. Sin Misa en las calles. Sin la exuberancia de un pueblo volcado. Lo que nos mostraron las cámaras de RTVE desde Barcelona fue, como dijo un testigo madrileño, «todo poquito». Y la alegría mayor que registraron los micrófonos no fue el anuncio del Evangelio: fue el momento en que el Papa pronunció alguna sílaba en catalán.
Que conste: la Cataluña real, la que construyó la Sagrada Familia, la que fue motor económico de España, la que produjo una burguesía culta y europea, la que tiene derecho a estar orgullosa de su historia y de su lengua, no es esa Cataluña. La Cataluña gobernada desde la irrupción del pujolismo, hoy en el banquillo de los tribunales y sus herederos independentistas que han hecho del odio a España su razón de ser, exhibe una cara vergonzante que no hace justicia a los catalanes reales. Los convierte, ante el mundo y ante sí mismos, en lo que no son: en gente que grita de alegría ante una sílaba en catalán y que es incapaz de escuchar la «buena nueva» que el Papa vino a traer.
España es el Rey, Madrid y la religión católica
León XIV habló en el Congreso ante la Corona, ante las instituciones, ante la historia y ante el pueblo. Y España respondió en Madrid con una fe popular que las encuestas de los ideólogos laicistas no consiguen registrar: la que llena calles, la que madruga para ver pasar al Papa, la que llora sin que nadie le haya pedido que llore.
España es el Rey que recibió al Papa con la dignidad de la Corona. Es Madrid, que lo acogió como ciudad del mundo que también sabe ser ciudad del alma. Es la Iglesia que, con este viaje, hizo algo que ninguna política, ninguna propaganda y ningún presupuesto hubiera podido lograr: mostrar a España entera, y al mundo, que hay algo que une a este pueblo más allá de los parlamentos y los partidos.
El Papa dijo que España puede «ofrecer mucho en este camino». Que tiene «una lengua que une continentes; una tradición cultural, jurídica y espiritual que ha sabido poner en diálogo fe y razón, derecho y conciencia, unidad y pluralidad». Que «jamás pierda la memoria de sus raíces ni la audacia de mirar al futuro».
Lo que RTVE mostró durante cuatro días en Madrid fue eso: una nación que no ha perdido sus raíces. Lo que mostró de Barcelona fue otra cosa: un territorio gobernado por quienes prefieren no tenerlas.
Quizás la síntesis de todo esto sea la forma en que murió Gaudi, el genio universal, el mayor exponente de Cataluña, “el arquitecto de Dios”, tirado en la calle, fue confundido por los catalanes con un mendigo.
