Hay nombres que no son lugares: son órdenes. Covadonga es uno de ellos. Hacia el año 722, según cuentan las crónicas asturianas escritas un siglo después, con la prudencia que merece toda memoria interesada, un noble godo llamado Pelayo se metió con un puñado de hombres en una cueva de los Picos de Europa, se negó a rendirse y resistió. Los historiadores discuten si aquello fue una batalla o una escaramuza. Que discutan. Los pueblos no nacen de lo que ocurrió exactamente, sino de lo que se negaron a olvidar, y España se negó a olvidar Covadonga.
Tres años antes, un ejército había cruzado el estrecho y un reino entero se había desplomado en pocos meses. La leyenda cuenta que un conde, don Julián, dejó la puerta abierta. No hace falta creer en el conde. Hace falta entender la lección: las civilizaciones no mueren solo por la fuerza de quien golpea desde fuera; mueren porque dentro alguien mira hacia otro lado, hace sus cuentas o abre la puerta por un interés que no confesará jamás. El estrecho sigue ahí.
Cuando hablo del espíritu de Covadonga no hablo de espadas ni de nostalgias de museo. Hablo de algo más raro y más escaso: la negativa a aceptar que nuestra historia ha terminado y que lo único que nos queda es administrar la rendición con buenos modales. Hablo de la voluntad de defender lo que otros pagaron con su vida, aunque hoy sea incómodo, minoritario y esté mal visto.
Esa negativa tuvo en nuestro tiempo una voz que pagó por ella: Oriana Fallaci. Este ensayo le debe su ánimo, y a ella le debe un reconocimiento.
La primera vez que supe de Oriana Fallaci algo más que su nombre fue en 1968, en Saigón, y no por una de sus entrevistas sino por una muerte. Mi primo segundo, Ignacio Ezcurra, enviado especial de La Nación, salió una mañana de mayo en un jeep, se bajó solo en una esquina de Cholón y no volvió. En su cuarto del hotel quedaron la afeitadora sobre la cama, el uniforme en el armario y una hoja en la máquina de escribir que anunciaba que correría mucha sangre en mayo.
La noticia ocupó todos los medios argentinos, que seguían de cerca a Fallaci, y fue ella, desde aquella misma ciudad, quien describió el cuarto y contó lo que vino después: que lo habían matado a sangre fría. Lo dijo sin adjetivos de cortesía, sin esperar a que nadie la autorizara. Yo lo recuerdo bien. Así la conocí.
Treinta y tres años más tarde esa misma mujer no tenía nada que ganar. Había elegido el silencio y había elegido el exilio, y desde su casa de Nueva York miraba a Italia como quien mira a un país que ya no la merece. Tenía una vida entera de prestigio ganado a pulso, entrevistas que habían hecho temblar a dictadores y una reputación que bastaba para morir en paz.
Entonces cayeron las Torres, a pocas calles de su ventana, y esa mujer que se había jurado callar escribió durante dos semanas, sin dormir apenas, un texto que ningún editor con instinto de supervivencia habría aconsejado firmar.
Conviene recordar quién era. Era la periodista que se quitó el chador delante de Jomeini, en Qom, para decirle a la cara lo que pocos corresponsales se atrevieron a decirle. No era una ideóloga de despacho ni una vocera de partido. Era una testigo. Había visto la teocracia por dentro, había visto a las mujeres que vivían bajo ella, y cuando volvió a escribir lo hizo con la autoridad de quien habla de lo que ha pisado.
Y dijo lo que tantos pensaban y nadie quería decir en voz alta. Dijo que Europa había perdido el orgullo de sí misma. Que sus gobernantes confundían la tolerancia con la rendición. Que una civilización que no cree en lo que es acaba por entregárselo al primero que lo pide con suficiente insistencia. Y no lo dijo en abstracto.
En las páginas de la edición española, la que nos corresponde a nosotros, se dirige al Papa y le pregunta si alguien ha pedido perdón a los cristianos de la Península por los siglos de dominio, y recuerda que sin la intervención de Isabel y Fernando hoy se hablaría otra lengua en estas tierras.
Más adelante advierte que lo que llama una conquista de territorio ya ocurrió una vez en España y Portugal. Y mira a los gobernantes de Europa, de España a Suecia, y no encuentra entre ellos ni un Ricardo Corazón de León.
Se podrá discutir el tono, que era el suyo: furioso, desbordado, sin una pizca de diplomacia. Se podrá discutir cada dato, y se hizo, hasta en los tribunales de Francia, donde intentaron retirar su libro. Pero lo que no se pudo hacer es despachar la pregunta de fondo con un insulto: ¿hasta cuándo se puede dar por supuesto que una sociedad seguirá siendo libre si renuncia a defender lo que la hace libre?
Esa pregunta es la herencia de Fallaci. Veinte años después de su muerte, ya no es retórica.
El estrecho sigue ahí, y en julio volvió a hablar. Una marea humana se echó sobre Ceuta, y de pronto el mapa dejó de ser una lámina de colegio. Los Reyes tuvieron que ir a la ciudad, y luego a Melilla, y el Rey dijo allí que estamos preparados para defender nuestros valores y nuestras libertades. No es frase de protocolo. Es la frase de quien sabe que algo se ha puesto a prueba.
Yo creo, y lo digo como hipótesis mía, que aquello no fue una desgracia migratoria sino un pulso: una guerra híbrida, de esas que no declaran nada y lo cambian todo. Hay indicios en el informe de la Policía Nacional y en la investigación de la Audiencia Nacional. Pruebas, todavía no. Pero quien necesita pruebas para ver que algo huele a asalto no ha entendido todavía de qué hablamos.
Y alrededor de ese asalto, una cadena de explicaciones que cambiaban según soplaba el viento: que no se sabía, que nadie había avisado, que la culpa era de las mafias, de la oposición, de los vecinos, del CNI, de Elon Mask.
Cuando un Gobierno tiene siempre a mano un culpable que no es él, conviene preguntarse qué puerta ha dejado abierta. Hace trece siglos la tradición puso nombre a esa figura, don Julián, y la memoria española la reserva para quien abre el paso.
No me atrevo a escribir sentencias que corresponden a los jueces. Pero me permito decir, como opinión y a mi riesgo, que Pedro Sánchez ocupa en la imaginación de muchos españoles el lugar que la leyenda guarda para aquel conde. Si fue por cálculo, por debilidad o por algo peor es cosa que otros dirán. Que la puerta quedó entornada, eso lo han visto hasta los que miran hacia otro lado.
En Madrid, mientras tanto, el kilómetro cero de España se llenó de tiendas y de banderas que no son la nuestra. Las banderas palestinas las vi yo. Empezó, dicen, por una anciana desalojada, y esa causa merece respeto. Lo que no merece respeto es el uso que algunos hacen de ella para convertir la Puerta del Sol en un campamento donde ondean banderas ajenas, a pocos pasos de donde el pueblo madrileño se alzó contra los franceses. Cuando una plaza se vuelve ajena al país que la bautizó, el síntoma importa más que la pancarta.
Y llega el 29 de noviembre. No pido otra Reconquista. Pido una papeleta. Pido lo que Covadonga y Fallaci tienen en común, que es negarse a entregar lo que no es solo nuestro, porque lo heredamos y porque lo debemos transmitir. Pelayo en una cueva, Juan de Austria en Lepanto, los Reyes Católicos en Granada: tres veces España fue, cuando la hora lo exigió, pieza fundamental en la defensa de Occidente.
Creo, y es una opinión personal que asumo sin tapujos, que hoy puede serlo una vez más, y que, si el Partido Popular gana las elecciones, España podrá volver a ser una pieza decisiva en la defensa de la Unión Europea. Volver a Covadonga no es volver al pasado. Es acordarse de quiénes fuimos para decidir, con el voto en la mano, quiénes queremos seguir siendo.

Que gran realidad !Que verdad y que dolor cuando el desconocimiento apoya la ignominia !! Cuando la manipulación de a quienes se promueve el desconocimiento de la verdad de todos , en aras de un infame beneficio propio se utiliza de manera tan execrable