Cayetana Álvarez de Toledo, que será la número dos de Alberto Núñez Feijóo en la candidatura del Partido Popular por Madrid, planteó en Esradio las elecciones del 29 de noviembre como algo más que una contienda política. “Nosotros tenemos una misión en estos momentos que no es sólo política, es casi una misión moral”, afirmó, y la resumió en una fórmula: la reconstrucción nacional, que empieza por la restauración de la decencia en España.
A su juicio, ese 29 de noviembre los españoles deberán fijar “un listón moral de la vía pública”, y la salida de Pedro Sánchez es “una emergencia, una urgencia ética nacional”. La disyuntiva que propone es entre “decencia o delincuencia, incluso ahora violencia”. Describió los últimos años como los de las cloacas, las saunas, los enchufes, las mordidas, los narcos y las mafias.
La dirigente popular amplió el diagnóstico al plano internacional con una comparación. Hasta hace poco, dijo, los españoles repetían que no querían la Venezuela de Maduro, y ahora hay que añadir que tampoco quieren “la Francia de Mélenchon”. Atribuyó a la izquierda dos defectos, que no sabe gobernar y que no acepta perder, y una misma batería de estrategias: el fraude, el miedo, el odio y la violencia.
Como ejemplo de fraude citó la llamada ley de nietos. Sobre la violencia, condenó las amenazas contra Vox y contra todos los madrileños, y las de que no habrá paz en las calles. Añadió que su partido no siente ningún miedo: “cuando el coraje comparece, la violencia se repliega”. Frente a la intimidación prometió la máxima firmeza y un Estado fuerte que garantice el orden y la libertad, porque “no hay libertad sin orden, ni orden sin autoridad”.
En ese punto señaló a los que llamó “nuevos neo etarras”, a los que describió como hijos de la fusión entre Bildu y Sánchez. Los presentó como el resultado de legalizar un partido sin exigirle que condene la violencia, que de ese modo queda legitimada, y por eso sostuvo que es cuestión de tiempo que los violentos vuelvan.
Frente a ello enunció un programa en cinco verbos: restaurar la decencia, reforzar el Estado, regenerar la democracia, reconstruir las clases medias y devolver a los españoles el orgullo de la esperanza.
A ellos sumó otra tarea que considera probablemente lo más dañado en estos años, salvar la paz civil: la reconciliación entre españoles y volver a tejer los afectos entre ellos. Por eso convocó a una movilización masiva en las urnas el 29 de noviembre, a los ciudadanos como “militantes de la democracia”, conscientes de su responsabilidad en una hora histórica.
Álvarez de Toledo contó que la víspera se había reunido con muchos jóvenes, a menudo jovencísimos y con escaso conocimiento de la historia de España, entre quienes percibe cierta duda sobre si el PP “se atreve” a hacer lo que dice. Respondió que por supuesto se atreve. Reconoció primero que ningún partido que haya gobernado es perfecto y que el suyo tiene historia, de la que ha extraído lecciones, pero invocó después la determinación absoluta y un repaso de su trayectoria.
Recordó que el PP es el partido que plantó cara al secuestro, el desafío más cruel de la democracia, el que ilegalizó el brazo político de ETA cuando se decía que España se incendiaría, y el que aplicó el artículo 155 en Cataluña y desalojó a “los sediciosos y golpistas” de la Generalitat. También lo es, añadió, el que defiende la soberanía nacional en Ceuta frente a “una traición de manual” del presidente del Gobierno, con Vivas en Ceuta y con Alberto Núñez Feijóo en Europa. A todo ello sumó lo que considera un activo poco común: el optimismo, que precisó como “la fuerza de la esperanza” y no un optimismo enfermo.
Esa defensa del optimismo ocupó buena parte de su intervención. Vinculó la inquietud de la gente joven con una historia que no se les enseña, o se oculta en muchos lugares de España, y con la necesidad de “no perder la costumbre de contar nuestra historia”. Citó como síntomas de esa carencia que se vuelvan a llenar las plazas de toros y que vayan multitudes a ver al Papa, más personas, dijo, que las que han acudido a misa en la última década, porque “echan en falta algo que es nuestro”.
Elogió a Vivas, convertido en “ídolo nacional” por mantener el mismo discurso cuando vinieron mal dadas. Acusó a la izquierda de haber ganado la partida al olvidar la historia y puso como ejemplo que, ante el incendio de Francia, ciertos entrevistados no saben ni lo que es Argelia.
Para ella, el sanchismo es sobre todo una forma de pesimismo, que abona la vieja idea de que España está condenada a repetir sus fracasos, a un duelo a garrotazos entre dos Españas, o a que la etapa constitucional sea unos fuegos artificiales que brillan, estallan y se disuelven.
Lo negó de plano: “el paréntesis no es la democracia, el paréntesis no es la España constitucional, el paréntesis es Sánchez”, y lo definió como el de una izquierda autoritaria. Dirigió además un aviso a quienes sostienen que el Estado ha fracasado y que la Constitución está agotada. Esa postura, dijo, es resignación y algo peor, porque lleva a la absolución: si la culpa es del sistema, no es de Sánchez.
Quien dice que España ha fracasado “le hace un poco el trabajo al sanchismo”. Admitió que pueden y deben reformarse muchas cosas, pero insistió en que la España del 78 no ha fracasado, sino que la han atacado, y que para defenderla no hay que liquidar el sistema sino desalojar masivamente del poder a quien la ataca.
Preguntada por el riesgo de que el PP pierda credibilidad si de nuevo arría esa bandera, respondió que el problema no es la credibilidad del partido, sino que si no cumple lo comprometido “lo que se va a perder es España”. Matizó que no cree en un final apocalíptico del país, que ha superado flagelos peores que Pedro Sánchez Pérez-Castejón y su señora.
Pero anticipó que España entrará en una fase de crisis, carencia, división y conflicto civil, y que por eso es imprescindible que el proyecto alternativo sea lo más fuerte posible. Pidió, en suma, el voto para el PP, convencida de que su proyecto es el mejor.
Ese proyecto no se agota en la política interior. Tras reafirmar la nación, reconstruir el Estado y reforzar las clases medias, Álvarez de Toledo fijó dos misiones más. La primera es liderar desde España la reforma de Europa, que atraviesa una crisis moral, política, económica, social e institucional, pero sobre todo moral.
Propuso regularla menos, quitar burocracia, poner la economía a trabajar y reafirmar los valores europeos frente a la destrucción vista en las calles del continente.
La segunda, con mayor ambición, es contribuir a la refundación del orden liberal, para el que no ve alternativa buena, pues fuera de él solo hay fuerza, violencia, ni convivencia ni civilización. Evocó para ello las grandes gestas globales de España, que hizo la primera globalización y la primera defensa de los derechos humanos.
Consideró que el orden liberal se resquebraja por amenazas externas, como las dictaduras y la Rusia agresora, y por la debilidad, la falta de convicción y la pérdida de brújula moral interiores. España, afirmó, parte de una posición privilegiada, en el vértice de un triángulo con Estados Unidos, al que desea comprometido de verdad con el orden liberal y su reconstrucción y no atacándolo, y con una América Latina que se aleja del autoritarismo populista más destructivo.
Citó como figuras decisivas del momento a Volodímir Zelenski, que sostiene el frente oriental de ese orden, y a María Corina Machado, que sostiene el occidental. Todo ello descansa, concluyó, en la vocación global y universal de España y en una idea de nación entendida como suma de ciudadanos iguales y libres ante la ley.
Cerró con una reflexión sobre la democracia: en ella el pueblo elige al gobierno, y no el gobierno al pueblo. Eso, dijo, no le conviene a Sánchez, a quien calificó de “patético populista sin pueblo”.
