Volviendo de una espléndida semana, donde participé en República Dominicana, cuna de la evangelización de América, del IV Congreso Latinoamericano y del Caribe de la Pastoral de Turismo, en compañía de una gente maravillosa provenientes de los confines del nuevo mundo, me encuentro en mi rutina madrileña con una muy linda sorpresa, una nota en el diario El Debate dirigido por el brillante periodista Bieito Rubido y firmada por Álex Navajas sobre la presencia en su redacción del presidente de la Conferencia Episcopal Española y Arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello.
Las cuestiones concretas que aborda, la familia, el aborto, las ideologías contemporáneas o la relación entre Iglesia y Estado, son una reflexión fundamental sobre la naturaleza del hombre, la crisis de la civilización occidental y la responsabilidad histórica de los católicos laicos.
I. La cuestión central no es religiosa: es antropológica
El primer concepto que debemos rescatar es que el verdadero conflicto contemporáneo no se desarrolla únicamente entre creyentes y no creyentes, ni entre derecha e izquierda, sino entre distintas concepciones del ser humano. Durante siglos, la civilización occidental fue construyendo una determinada comprensión de la persona, el hombre no era concebido exclusivamente como un individuo autónomo, dueño absoluto de su existencia, sino como un ser dotado de una naturaleza, una dignidad intrínseca y una responsabilidad hacia los demás.
La tradición cristiana incorporó a esta concepción tres elementos decisivos: 1.- La dignidad humana no depende del poder, la riqueza, la utilidad ni del reconocimiento del Estado. 2.- La libertad humana no es una facultad ilimitada, sino una capacidad moral vinculada a la verdad y a la responsabilidad y 3.- La persona no existe aisladamente: nace, crece y se realiza en relación con otros seres humanos.
Aquí encontramos el fundamento de todo el razonamiento de Argüello, si modificamos la definición del hombre, modificamos necesariamente la definición de la familia, la sociedad, el derecho, la economía y el Estado, por eso los debates actuales sobre el cuerpo, la identidad, la reproducción, la tecnología o el medioambiente no son cuestiones independientes, son manifestaciones de una disputa anterior y más profunda: qué significa ser humano. Y de esa respuesta depende el tipo de civilización que construiremos.
II. El hombre como ser relacional frente al individuo autosuficiente
Argüello recuerda que el hombre es relacional desde antes de nacer, esta afirmación aparentemente sencilla contiene una concepción filosófica completa. El ser humano no se crea a sí mismo, recibe la vida, necesita cuidados, aprende un lenguaje que otros han construido, incorpora una cultura que lo precede y participa de una historia que no comenzó con él, la autonomía individual es una conquista de la madurez, pero nunca elimina nuestra dependencia recíproca.
Frente a esta visión aparece una interpretación radical de la autonomía según la cual el individuo sería, en último término, el único fundamento de su identidad, sus valores y sus decisiones.
La diferencia es sustancial, en la primera concepción, la libertad se desarrolla dentro de una realidad compartida, en la segunda, llevada a su extremo, la libertad aspira a convertirse en la capacidad de redefinir esa realidad desde la voluntad individual.
El problema no es la autonomía personal, que constituye un bien fundamental, el problema aparece cuando se pretende que la autonomía sea suficiente para fundamentar por sí sola toda la existencia humana.
De allí surge una paradoja: Cuanto más se presenta al individuo como autosuficiente, más difícil resulta justificar los vínculos y obligaciones que sostienen una comunidad, la familia puede quedar reducida a una asociación de voluntades, la solidaridad a una preferencia individual y el bien común a una negociación de intereses, este es uno de los núcleos más importantes de la reflexión.
III. La transformación del Estado: de garante de derechos a definidor del hombre
Considero que esta es una de las cuestiones intelectualmente más interesantes de la intervención. Argüello introduce la expresión antropología confesional del Estado, la fórmula encierra una crítica de gran alcance. Durante la modernidad se fue consolidando la separación entre el poder político y la autoridad religiosa, esa separación permitió afirmar la libertad de conciencia y limitar la pretensión de que una confesión determinara obligatoriamente las creencias de toda la sociedad, el propio Argüello reconoce su legitimidad, pero plantea una pregunta fundamental: ¿Puede un Estado que se declara neutral frente a las religiones terminar imponiendo, mediante sus leyes, una determinada concepción filosófica del ser humano?
La cuestión merece ser examinada sin simplificaciones. Ningún ordenamiento jurídico es completamente ajeno a los valores. Toda legislación presupone ideas sobre la libertad, la igualdad, la responsabilidad y la dignidad, sin embargo, existe una diferencia entre proteger derechos dentro de una sociedad plural y pretender que una interpretación controvertida de la persona sea la única admisible en el espacio público.
La crítica de Argüello apunta a este segundo riesgo. El Estado podría dejar de limitarse a garantizar la convivencia para convertirse en una autoridad que define qué es la persona, cómo debe entenderse el cuerpo y qué vínculos humanos merecen reconocimiento. Aquí aparece una inversión histórica particularmente significativa.
Durante siglos se discutió cómo liberar al Estado de la tutela religiosa, ahora debemos preguntarnos también cómo impedir que el Estado adquiera una autoridad casi doctrinal sobre cuestiones antropológicas.
La solución no puede consistir en sustituir una imposición por otra, la respuesta coherente con la libertad de conciencia es reconocer que las grandes cuestiones sobre la naturaleza humana deben poder discutirse públicamente, sin excluir las aportaciones religiosas ni imponerlas como dogmas civiles. Esta distinción es fundamental.
IV. Las tres grandes transformaciones ideológicas
Argüello identifica tres corrientes que considera especialmente influyentes en la redefinición contemporánea de lo humano. Lo interesante es que reconoce que cada una parte de una aspiración legítima.
La aspiración legítima de “Igualdad entre hombres y mujeres” deriva en la “Negación de la relevancia antropológica de la diferencia sexual”. La aspiración legítima de “Protección de la salud y la autonomía personal” deriva en “Reducción del cuerpo y de la vida a objetos de disponibilidad individual” y la aspiración legítima de “Protección de la naturaleza” deriva en “Subordinación del valor humano a una concepción radical de la ecología”.
Esta estructura argumental es importante porque no identifica automáticamente toda reivindicación moderna con una amenaza, su crítica se dirige a determinadas interpretaciones de esas reivindicaciones.
1. La diferencia sexual y la identidad
El conflicto filosófico que plantea es la relación entre el cuerpo y la identidad personal.
¿El cuerpo constituye una dimensión esencial de lo que somos o es una realidad material sobre la que nuestra voluntad ejerce plena soberanía?
La tradición cristiana entiende a la persona como una unidad corporal y espiritual, desde esa perspectiva, el cuerpo no es simplemente una propiedad de la conciencia, sino parte constitutiva de la identidad humana.
Conviene distinguir, no obstante, entre este debate filosófico y el reconocimiento de la dignidad y los derechos de las personas con distintas experiencias de identidad. La discusión sobre las teorías antropológicas no elimina esa obligación.
2. La vida y la autonomía
La segunda cuestión es determinar si la vida humana posee un valor anterior a cualquier decisión individual o reconocimiento jurídico. La controversia sobre el aborto manifiesta este conflicto.
La biología permite describir el desarrollo de un nuevo organismo humano desde la fecundación. Pero la determinación de su estatuto moral y jurídico exige además razonamientos filosóficos y jurídicos; no se resuelve únicamente mediante una ecografía o un análisis genético.
Argüello parte de la convicción de que la dignidad debe protegerse desde el comienzo de la vida, el problema filosófico subyacente es si la dignidad humana se reconoce como inherente o se atribuye en función de determinadas condiciones.
3. El hombre y la naturaleza
La tercera cuestión se refiere a la relación entre humanidad y medioambiente. La tradición cristiana reconoce deberes de custodia y responsabilidad respecto de la creación, pero Argüello cuestiona aquellas corrientes ecologistas que, a su juicio, terminan presentando al hombre fundamentalmente como una amenaza para el planeta.
La distinción decisiva es entre una ecología que protege las condiciones de la vida humana y una visión que desvaloriza al ser humano. No toda posición ecologista radical conduce necesariamente a esa desvalorización. Sin embargo, la pregunta acerca del lugar del hombre en la naturaleza es legítima y profunda.
Las tres controversias desembocan en una sola cuestión:
¿Es el hombre una realidad que debemos reconocer y respetar, o una realidad que podemos redefinir indefinidamente?
Esta es, a mi juicio, la pregunta filosófica central que atraviesa toda la intervención.
V. La gran ruptura histórica: del cristianismo como estructura de poder al cristianismo como presencia social
Aquí encontramos una segunda línea de pensamiento que merece especial atención. Argüello recorre aproximadamente quince siglos de historia para explicar cómo cambió la relación entre el cristianismo y la organización política. Su razonamiento puede reconstruirse en cuatro etapas.
- La conversión de Recaredo. La conversión del rey visigodo al catolicismo simboliza la vinculación entre la unidad religiosa y la legitimidad política. La religión comienza a desempeñar un papel estructurador de la comunidad política hispánica.
- XVI–XVII. La Europa confesional. La Reforma, las guerras de religión y la consolidación de las monarquías confesionales fortalecen la vinculación entre poder político y pertenencia religiosa.
- XIX. La ruptura del antiguo orden. La secularización política y las transformaciones sociales obligan a la Iglesia a formular de manera sistemática su doctrina social, especialmente a partir de Rerum novarum de León XIII en 1891.
- XX–XXI. El cristianismo en una sociedad plural. La Iglesia ya no puede apoyarse en la identificación entre pertenencia religiosa y ciudadanía. Su influencia pública depende de la convicción, el testimonio, la argumentación y la participación de los creyentes.
Hay un matiz histórico necesario: este proceso no fue lineal ni uniforme. La separación entre Iglesia y Estado adoptó formas muy diferentes según los países, y la doctrina social católica no nació exclusivamente como respuesta a esa separación, sino también a la industrialización y a la cuestión obrera.
Sin embargo, la interpretación de fondo de Argüello es sumamente sugerente.
El cristianismo ha pasado de una época en la que su influencia social estaba parcialmente garantizada por las instituciones a otra en la que debe ser sostenida por la responsabilidad personal de sus miembros, y esto cambia por completo el significado de la presencia cristiana en la sociedad, ya no se trata de que el gobernante sea católico para que la sociedad lo sea, se trata de que existan ciudadanos capaces de trasladar sus convicciones al terreno de las decisiones humanas, económicas, culturales y políticas.
El cristianismo deja de depender de la confesionalidad del poder y debe recuperar su capacidad de inspirar a la sociedad desde dentro. Esta transformación nos conduce directamente al asunto que da título a la noticia.
VI. El silencio de los laicos: la verdadera denuncia de Argüello
Considero que este es el punto más importante de toda la conferencia, Argüello no se limita a denunciar determinadas transformaciones ideológicas, está denunciando también una insuficiencia dentro de la propia comunidad católica, los laicos han delegado en los sacerdotes y los obispos una responsabilidad que les corresponde directamente. La observación es mucho más profunda de lo que parece.
Durante siglos se desarrolló una cultura eclesial en la que los sacerdotes enseñaban, los obispos orientaban y los fieles recibían esa enseñanza. Pero el Concilio Vaticano II, particularmente en Lumen gentium, Apostolicam actuositatem y Gaudium et spes, insistió en que los laicos poseen una misión propia e insustituible.
No son simples colaboradores del clero, su campo de actuación específico es el mundo. La empresa, la universidad, la política, el periodismo, la investigación, la familia, la cultura y las relaciones internacionales constituyen espacios donde deben ejercer su responsabilidad cristiana.
Esto tiene una consecuencia decisiva: La misión del laico no consiste en trasladar mecánicamente las palabras del obispo a la sociedad, sino en elaborar respuestas propias, intelectualmente rigurosas y profesionalmente competentes, inspiradas por su fe.
Un empresario católico debe poder explicar cómo organiza una empresa respetando la dignidad del trabajador. Un jurista debe poder argumentar sobre la justicia sin limitarse a invocar una autoridad religiosa. Un político debe traducir sus convicciones en propuestas de gobierno compatibles con el pluralismo democrático. Un periodista debe buscar la verdad sin convertir su trabajo en propaganda. Un académico debe investigar con libertad intelectual, sin confundir las convicciones personales con la demostración científica. Y un ciudadano debe ser capaz de intervenir en el debate público sin esconder sus principios ni pretender imponerlos por el simple hecho de profesarlos.
La conclusión es exigente.
El laico no puede limitarse a ser católico en privado y comportarse en la vida pública como si sus convicciones no tuvieran ninguna consecuencia, pero tampoco puede confundir su fe con un programa partidista obligatorio para todos los católicos. Entre el silencio y el confesionalismo existe un espacio inmenso: la presencia pública de una conciencia cristiana libre, responsable y formada.
VII. La Doctrina Social de la Iglesia no es una ideología política
Este aspecto resulta fundamental para interpretar correctamente el pensamiento de Argüello. La Doctrina Social de la Iglesia no constituye un programa de gobierno ni una tercera vía partidista entre capitalismo y socialismo, es un conjunto de principios morales para juzgar las realidades sociales.
Sus grandes fundamentos incluyen: La dignidad inviolable de la persona humana. El bien común como responsabilidad compartida. La solidaridad entre personas, comunidades y generaciones. La subsidiariedad, que impide absorber en el Estado las responsabilidades propias de las personas y de los cuerpos intermedios. El destino universal de los bienes, junto al reconocimiento de la propiedad privada y su función social. Y la prioridad del trabajo humano y de la persona sobre la lógica puramente económica.
De aquí surge una consecuencia importante, un católico puede defender distintas políticas fiscales, modelos económicos, sistemas educativos o formas de organización administrativa, lo que no puede hacer coherentemente es tratar la dignidad humana como un valor negociable según la conveniencia partidista. Por eso Argüello sostiene que una persona puede identificarse con el socialismo, el liberalismo u otra tradición política y, al mismo tiempo, ser católica. La fe no determina automáticamente una única solución técnica para cada problema, pero sí proporciona criterios para evaluar sus consecuencias humanas. La Doctrina Social de la Iglesia no pretende sustituir a la política; pretende impedir que la política olvide para quién existe.
VIII. La sustitución de la cuestión social por las batallas culturales
Otro de los planteamientos más relevantes de Argüello es su afirmación de que determinados sectores de la izquierda han abandonado la cuestión obrera para concentrarse en conflictos culturales y antropológicos. Aquí conviene distinguir la tesis de la realidad histórica.
Es cierto que una parte importante de la izquierda occidental ha incorporado progresivamente a su identidad política reivindicaciones relacionadas con el género, la identidad, los derechos reproductivos y el medioambiente, también es cierto que han cambiado profundamente las bases sociales de muchos partidos tradicionales, pero sería excesivo afirmar que toda la izquierda ha abandonado las cuestiones laborales, o que las reivindicaciones culturales son necesariamente incompatibles con la justicia social.
La cuestión interesante es otra. ¿Qué ocurre cuando una corriente política deja de definir su proyecto principalmente por la organización de la economía y comienza a hacerlo por la transformación de la identidad, la cultura y las relaciones humanas?
Se produce un cambio en el terreno de la confrontación, la disputa ya no se limita a cómo distribuir la riqueza, pasa a incluir cómo definir la persona, la familia, la autoridad, la educación y las relaciones entre generaciones.
Esta transformación ayuda a explicar por qué muchos conflictos políticos contemporáneos poseen una intensidad moral que supera sus consecuencias legislativas inmediatas.
No se discute únicamente una ley, se discute qué concepción del hombre terminará predominando en la sociedad. Ahora bien, esta observación también obliga a los católicos a una autocrítica, sería incoherente defender con enorme energía determinadas posiciones sobre la familia y la sexualidad mientras se desatienden la pobreza, la precariedad laboral, la soledad, la vivienda o la exclusión. La Doctrina Social de la Iglesia es indivisible en su preocupación por la dignidad humana, la defensa de la vida y de la familia no puede convertirse en una excusa para abandonar la justicia social, ni esta última puede utilizarse para silenciar las primeras.
IX. Ángel Herrera Oria: una respuesta histórica al problema actual
La referencia final de Argüello a Ángel Herrera Oria no es circunstancial. Es, en realidad, la propuesta práctica que permite cerrar su razonamiento.
Herrera Oria comprendió que la influencia social del catolicismo no podía depender exclusivamente de la autoridad eclesiástica, era necesario formar personas capaces de actuar en los espacios donde se construye la opinión pública y se toman decisiones, su impulso a la Asociación Católica de Propagandistas, al periodismo, a la educación y a la formación de dirigentes respondía a esa convicción.
No bastaba con tener principios, había que formar personas que supieran convertirlos en pensamiento, instituciones y acción y la enseñanza que podemos extraer es que la participación de los laicos requiere tres condiciones: Formación intelectual. Sin conocimiento de la historia, la filosofía, la economía y la realidad contemporánea, las convicciones pueden degenerar en consignas. Independencia de criterio. Un laico no debe convertirse en portavoz automático de una jerarquía, un partido o una organización. Su responsabilidad moral exige juicio propio. Y capacidad institucional. Las ideas necesitan espacios donde desarrollarse: universidades, medios de comunicación, asociaciones profesionales, empresas, organizaciones culturales y entidades sociales.
Aquí aparece una distinción esencial: Una sociedad no se transforma solamente mediante declaraciones doctrinales, se transforma también mediante instituciones, hábitos, educación y ejemplos y la responsabilidad laical no consiste únicamente en hablar más, consiste en construir una presencia cristiana socialmente relevante.
X. El gran problema de nuestro tiempo: ¿quién tiene autoridad para definir lo humano?
Llegados a este punto podemos formular la cuestión de fondo. Durante la historia occidental, distintas instituciones han reclamado autoridad para establecer los principios que deben orientar la vida humana. La Iglesia, las monarquías, los Estados modernos, las ideologías políticas y, más recientemente, las grandes estructuras tecnológicas han desempeñado papeles diferentes en esa disputa.
Hoy asistimos a una transformación especialmente profunda, la biotecnología permite intervenir en procesos que antes escapaban al control humano, la inteligencia artificial modifica nuestra relación con el conocimiento y las decisiones, la ingeniería genética abre posibilidades de intervención sobre las características biológicas y el desarrollo del transhumanismo plantea la aspiración de superar algunas de las limitaciones de nuestra condición natural.
Estos avances no constituyen necesariamente amenazas. Muchos representan oportunidades extraordinarias para mejorar la vida humana, pero nos enfrentan a una pregunta que la capacidad técnica no puede responder por sí sola:
¿Todo lo que el hombre puede hacer debe considerarse moralmente legítimo por el simple hecho de que puede hacerlo?
La respuesta requiere una concepción del ser humano que no dependa exclusivamente de la utilidad, el deseo o la eficiencia, aquí la tradición cristiana puede ofrecer una contribución importante al debate contemporáneo.
No porque posea respuestas técnicas para cada innovación, sino porque recuerda que la persona no puede reducirse a un instrumento, un producto o un conjunto de funciones, la dignidad no debería depender de la productividad, la salud, la edad, la inteligencia o la capacidad de satisfacer determinados estándares. En este sentido, la discusión antropológica que propone Argüello adquiere una dimensión que trasciende ampliamente los debates políticos españoles, se convierte en una cuestión de civilización.
XI. Mi conclusión: no estamos ante una crisis de presencia religiosa, sino ante una crisis de responsabilidad civilizatoria
Después de reconstruir el pensamiento de Argüello, creo que podemos llegar a una conclusión más profunda que la expresada en el titular periodístico. La Iglesia no está llamada simplemente a recuperar influencia política, tampoco se trata de reconstruir una sociedad confesional ni de convertir la religión en una ideología de combate, el desafío es recuperar la capacidad del cristianismo para contribuir a la construcción moral, cultural y social de una civilización y esa responsabilidad no puede descansar exclusivamente sobre los obispos y sacerdotes, corresponde de manera particular a los laicos, precisamente porque son ellos quienes participan directamente en la organización de la sociedad.
Pero existe una condición indispensable. Para intervenir en el mundo contemporáneo no basta con denunciar lo que se considera equivocado, es necesario ofrecer una concepción positiva del hombre y de la convivencia.
Una concepción que reconozca simultáneamente la libertad y la responsabilidad, los derechos y los deberes, la individualidad y la comunidad, el progreso científico y sus límites éticos. El cristianismo no puede pretender responder a los desafíos del siglo XXI mediante la simple restauración de las estructuras políticas del pasado.
Su oportunidad histórica consiste en demostrar que sus principios fundamentales conservan capacidad para orientar una sociedad libre, plural, tecnológicamente avanzada y profundamente transformada. Y aquí aparece la contradicción que denuncia Argüello:
Mientras el mundo discute qué significa ser humano, demasiados cristianos han renunciado a participar intelectualmente en esa discusión, no porque carezcan necesariamente de convicciones, sino porque han terminado considerando que la defensa pública de esas convicciones corresponde a otros, es una forma de delegación de la responsabilidad moral y también, en cierto sentido, una renuncia a participar en la construcción del futuro.
XII. Una última reflexión: de la evangelización de los territorios a la evangelización de la cultura
Quisiera añadir una reflexión propia que conecta especialmente bien con la historia de la civilización hispánica.
Durante siglos, la expansión del cristianismo estuvo vinculada a grandes procesos históricos de transformación territorial, política y cultural. La evangelización de América constituye uno de los ejemplos más importantes, con sus extraordinarias realizaciones, sus contradicciones y sus conflictos.
Hoy la situación es radicalmente diferente. Ya no se trata de llevar el cristianismo a territorios desconocidos ni de organizar comunidades alrededor de una autoridad religiosa y política compartida. El nuevo territorio de la evangelización es, en gran medida, la cultura de sociedades que conocen históricamente el cristianismo, pero que han dejado de utilizar sus principios como referencia común.
Ese territorio está constituido por la educación, la comunicación, la economía, la ciencia, las nuevas tecnologías, la cultura y las instituciones y sus protagonistas no pueden ser únicamente los ministros ordenados, deben ser los propios ciudadanos cristianos, actuando libremente dentro de sociedades plurales.
La diferencia es decisiva. No se trata de conquistar espacios de poder para imponer una doctrina, se trata de participar en la construcción de una civilización desde una determinada comprensión de la dignidad humana y hacerlo con argumentos, competencia, coherencia y testimonio.
La crisis de Occidente no se resolverá únicamente recuperando la religión, sino recuperando una idea del hombre.
La responsabilidad histórica de los laicos cristianos consiste en demostrar que su concepción de la persona puede seguir contribuyendo a una civilización digna, libre, solidaria y humana. Por eso considero que la intervención de Argüello es más importante por lo que propone a los propios católicos que por sus críticas a las ideologías contemporáneas.
Su mensaje de fondo no es simplemente que el mundo está cambiando en una dirección que le preocupa, es que los católicos no pueden seguir comportándose como espectadores de una transformación civilizatoria de la que también son responsables.
Y me atrevería a condensar toda la reflexión en una frase: “La Iglesia no necesita laicos que esperen a que los obispos hablen por ellos; necesita cristianos capaces de pensar, actuar y construir la sociedad desde sus propias responsabilidades”.
Nota original:
