La entrevista de la Cadena SER revela algo más importante que las contradicciones sobre Ceuta: el nuevo relato político con el que Pedro Sánchez pretende atravesar la crisis.
La entrevista concedida por Pedro Sánchez a Aimar Bretos en la Cadena SER el 31 de agosto merece ser escuchada de una manera diferente, no como una entrevista periodística, no para comprobar una por una las cifras de inmigrantes, las plazas disponibles, los informes del CNI o el número de policías destinados a Ceuta.
Todo eso es importante, naturalmente. Pero lo verdaderamente interesante es otra cosa: qué quiso decir políticamente Pedro Sánchez después de un mes de crisis y qué relato está construyendo para los meses que vienen.
Los análisis de En casa de Herrero y La noche de Cuesta de EsRadio de Libertad Digital, identificaron correctamente la cuestión fundamental.
La entrevista no fue fundamentalmente una explicación sobre Ceuta, fue una declaración de estrategia política.
Y puede resumirse en cinco ideas: Marruecos no es el responsable; el Gobierno tampoco es responsable; existen enemigos exteriores e interiores que pretenden desestabilizar España; la oposición forma parte de una amenaza reaccionaria; y, por consiguiente, la continuidad del actual Gobierno aparece presentada casi como una necesidad democrática.
Ahí está, a mi juicio, la verdadera importancia de las palabras de Sánchez.
De la responsabilidad al relato
Después de una crisis política de la dimensión de Ceuta, cabían algunas preguntas bastante elementales: ¿Cómo pudo suceder?, ¿Por qué el Estado español no pudo impedirlo?, ¿Qué responsabilidad tuvo Marruecos?, ¿Por qué existieron advertencias previas que no permitieron anticipar la dimensión de lo que venía?, ¿Qué hará España para garantizar que no vuelva a ocurrir?
Pedro Sánchez respondió en parte, desplazando lentamente el centro de gravedad.
Reconoció que el CNI y la Policía habían elaborado “informes de situación”, aunque sostuvo que ninguno anticipó la magnitud de la avalancha. Defendió que la cooperación con Marruecos había sido positiva y aseguró que no existe información de los servicios españoles que permita atribuir responsabilidad a las autoridades marroquíes. Al mismo tiempo introdujo en la explicación a las mafias, los bulos, Rusia, Israel y una denominada “internacional ultraderechista.
Políticamente, la operación es extraordinariamente interesante porque la pregunta inicial era: ¿qué ocurrió en la frontera española con Marruecos?
Y un mes después podemos terminar discutiendo sobre Putin, Israel, Elon Musk, Giorgia Meloni, la ultraderecha europea, las redes sociales y la oposición española.
Marruecos, curiosamente, permanece en el centro geográfico del acontecimiento y en la periferia del relato político.
Ese es probablemente el aspecto que más llamó la atención tanto en En casa de Herrero como en La noche de Cuesta.
No porque pueda afirmarse sin pruebas que Marruecos organizó lo ocurrido. Eso sería convertir una sospecha política en una certeza que hoy no tenemos, la cuestión es otra.
Resulta políticamente sorprendente que el Gobierno se muestre extraordinariamente prudente cuando habla de Marruecos y extraordinariamente categórico cuando habla de otros supuestos responsables.
Para Rabat se exigen pruebas, para Rusia, Israel o la “internacional ultraderechista” parece bastar el relato sobre la desinformación, esa asimetría es política antes que periodística.
La frase fundamental: “sin Marruecos sería peor”
Hay, sin embargo, una afirmación todavía más importante: Sánchez explicó que la cooperación con Marruecos resulta imprescindible y que, sin ella, la situación sería mucho peor, probablemente sea verdad, pero precisamente ahí aparece el problema, porque si la seguridad de una frontera española depende decisivamente de la voluntad de cooperación del país situado al otro lado de ella, España posee un problema estratégico.
No hace falta atribuir malas intenciones a Marruecos para comprenderlo, un Estado puede necesitar la colaboración de otro Estado, es completamente normal en política internacional, lo peligroso comienza cuando esa cooperación deja de ser simplemente conveniente y pasa a resultar indispensable, porque entonces aparece una asimetría.
España necesita que Marruecos coopere y Marruecos sabe que España necesita que Marruecos coopere. Ése es poder.
Por eso el verdadero debate no debería limitarse a preguntarnos si Mohamed VI ordenó abrir o cerrar una frontera determinado día, la cuestión mucho más profunda es determinar hasta qué punto España conserva autonomía estratégica frente a Marruecos.
Ésta es, en mi opinión, una de las aportaciones más interesantes de las tertulias escuchadas.
En “En casa de Herrero” varios participantes interpretan precisamente las palabras del presidente como el reconocimiento de una dependencia operativa de Marruecos. También señalan algo difícil de negar políticamente: después de numerosas comparecencias continúa sin conocerse con suficiente claridad cuál ha sido exactamente la conversación mantenida con Rabat, quién ha sido el interlocutor y cuáles son las condiciones reales de esa cooperación, no hace falta imaginar conspiraciones, la dependencia, por sí sola, ya constituye el problema.
El Rey aparece donde antes estaba Marruecos
Y entonces ocurrió algo todavía más extraño: En una crisis producida en la frontera con Marruecos, Pedro Sánchez terminó hablando del Rey de España.
Recordó sus propias visitas a Ceuta y Melilla y reprochó que Felipe VI no hubiera visitado ambas ciudades durante su reinado, llegando incluso a hablar erróneamente de más de veinte años cuando Felipe VI fue proclamado en 2014. La propia Cadena SER corrigió posteriormente el dato, corrección tardía.
Lo políticamente relevante, sin embargo, no es el error aritmético, es introducir al Rey en la distribución de responsabilidades, porque los desplazamientos institucionales del jefe del Estado no constituyen una agenda particular de Felipe VI independiente del Gobierno.
Por eso la comparación resulta llamativa, el presidente podía simplemente haber anunciado: “He hablado con el Rey y consideramos conveniente que visite próximamente Ceuta y Melilla”, pero hizo algo distinto, comparó: Yo he ido. Él no ha ido.
En La noche de Cuesta interpretaron esta intervención como un intento de desviar responsabilidades hacia la Corona y consideraron especialmente contradictorio cargar contra Felipe VI al mismo tiempo que se extrema la prudencia frente a Mohamed VI.
No sabemos cuál fue la intención íntima de Sánchez, pero políticamente el resultado es evidente: durante unas horas España dejó de discutir sobre Marruecos y comenzó a discutir sobre Felipe VI y eso, para un Gobierno sometido a presión, no es precisamente un inconveniente.
Y entonces llegó la frase sobre la alternancia
Hasta aquí podríamos estar ante una estrategia de comunicación de crisis, pero hacia el final de la entrevista apareció una frase mucho más profunda: Sánchez confirmó que pretende celebrar elecciones en 2027 y que estaría dispuesto a volver a presentarse, nada extraordinario.
Después reconoció que la alternancia política es buena en democracia, también perfectamente normal.
Pero inmediatamente añadió que hoy no existe una propuesta de alternancia, porque la alternativa PP-Vox representaría, según su interpretación, una involución.
Aquí creo que Esmeralda Ruiz y Luis Fernado Quintero, excelentes conductores de los programas durante el receso estival, encuentran el verdadero corazón político de la entrevista.
No porque Sánchez vaya a suspender elecciones, no existe en las transcripciones ninguna prueba que permita afirmar semejante cosa, y convertir esa especulación en conclusión debilitaría nuestro argumento, el problema es más sencillo y, precisamente por eso, más serio.
Sánchez comienza a establecer una diferencia entre alternancia formalmente posible y alternancia políticamente legítima.
Es decir: La alternancia es buena, pero esta alternancia no, la oposición puede ganar las elecciones, pero representa una involución, el adversario deja entonces de ser solamente un adversario, comienza a convertirse en una amenaza y aquí encajan todas las demás piezas.
Vox, la “ola reaccionaria”, la ultraderecha internacional, Meloni, las redes sociales,los bulos, Israel, determinados medios de comunicación y finalmente el PP, presentado ya no como la alternativa natural dentro de un sistema democrático, sino como una fuerza contaminada por aquella amenaza.
El propio resumen de la entrevista recoge el razonamiento presidencial: Sánchez considera necesaria la continuidad del proyecto progresista para frenar una “ola reaccionaria” y describe la alternativa PP-Vox como una “involución”.
Aquí está el salto político.
El adversario convertido en peligro
Ésta ha sido una transformación progresiva del discurso político español, primero el adversario estaba equivocado, después era irresponsable, más tarde era extremista, luego pasó a ser antidemocrático y finalmente puede ser presentado como una amenaza para la propia democracia.
El mecanismo no es exclusivamente español ni pertenece únicamente a la izquierda, lo encontramos cada vez con mayor frecuencia en las democracias occidentales, pero Sánchez parece haberlo incorporado plenamente a su estrategia política.
Su legitimidad ya no procedería solamente de los votos parlamentarios que sostienen su Gobierno, procedería también de una segunda legitimidad, de naturaleza moral: él representaría el muro que contiene a quienes amenazan el sistema.
Ésta es una posición políticamente potentísima porque permite reinterpretar prácticamente cualquier conflicto, una crisis migratoria puede convertirse en consecuencia de una campaña de desinformación ultraderechista, una protesta contra el Gobierno puede terminar vinculándose con extremistas, una crítica internacional puede formar parte de una ofensiva reaccionaria, una oposición parlamentaria puede convertirse en involución y la permanencia en el Gobierno deja entonces de presentarse como simple voluntad de conservar el poder, se presenta como defensa de la democracia.
Ése es el relato.
La gran paradoja de Ceuta
Todo esto nos devuelve al punto donde comenzamos hace unos días: Ceuta ha desnudo muchas cosas, sobre todo ha obligado a comprobar qué ocurre cuando los grandes conceptos políticos chocan contra la realidad: Fronteras, soberanía, seguridad, inmigración, humanidad y estado.
En nuestras publicaciones anteriores decíamos que el verdadero problema político aparecía cuando el ciudadano tenía la sensación de que el Estado no conseguía devolverle la normalidad, pero sí encontraba recursos para administrar la anormalidad.
La entrevista de Sánchez añade ahora una segunda dimensión: El Gobierno no sólo administra la crisis, administra también su significado.
Ceuta deja de ser únicamente una cuestión sobre la capacidad del Estado para proteger una frontera, se transforma en una pieza dentro de un relato mucho mayor: España estaría sufriendo los efectos de una ofensiva internacional reaccionaria contra un Gobierno progresista que mantiene una política exterior independiente y que, precisamente por ello, debe resistir.
Ésta es una explicación políticamente mucho más útil para Sánchez que reconocer imprevisión, debilidad frente a Marruecos o pérdida de control.
Y probablemente ahí reside la clave de la entrevista.
Sánchez ya está hablando de la siguiente batalla
Creo que “En casa de Herrero” acierta especialmente cuando sostiene que Sánchez parece estar construyendo la siguiente pantalla.
No sabemos todavía cuál será y conviene no confundir análisis con profecía, pero sí sabemos cuál será probablemente su argumento.
El Gobierno no se limitará a defender sus resultados, defenderá su necesidad histórica frente a una ola reaccionaria exterior, frente a una derecha española dependiente de Vox, frente a determinados medios, frente a los bulos, frente a quienes cuestionan su política exterior y frente a quienes, llegado el momento, pretendan convertir la alternancia democrática en cambio de Gobierno.
Por eso creo que la frase más importante de toda la entrevista no estuvo relacionada con Marruecos, ni con Ceuta, ni con el CNI, ni siquiera con el Rey.
Fue aquella aparentemente inocente reflexión sobre la alternancia, porque un gobernante democrático tiene derecho a pensar que su adversario sería un pésimo presidente, tiene derecho a advertir que sus políticas serían perjudiciales, tiene derecho incluso a considerar dramática su victoria, pero hay una frontera conceptual que nunca debería borrarse:
La alternativa no necesita la aprobación del gobernante para ser alternativa, eso lo deciden los ciudadanos.
Quizás esa sea la verdadera conclusión política de la entrevista del 31 de agosto, Pedro Sánchez comenzó hablando de Ceuta, terminó hablando de por qué España sigue necesitándolo a él y eso nos indica bastante bien cuál será el argumento central de la política española durante los próximos meses.
Lamentablemente se parece demasiado a mis dos últimas pesadillas que publiqué en Amazon: “La tercera república española, una ficción política” y “La tercera dictadura, una ficción histórica”.

Excelente análisis por la gran calidad de reflexión política que aporta para desentrañar la verdadera estrategia que alienta Pedro Sánchez para permanecer en el poder. El RELATO QUEDA DESENMASCARADO.