Elucubraciones de una tarde de verano
La llamada izquierda actual, desde la socialdemocracia hasta el comunismo, ya no es lo que era y, para mi generación, resulta muy difícil entenderla.
En mi juventud era fácil identificar a un “izquierdista” de cualquier pelaje, aunque existían bastantes diferencias entre unos y otros.
Estaba el obrero, dirigente gremial, con callos en las manos, los pulmones dañados y reuma crónico, todas dolencias laborales, porque trabajaba y hacía política a costa de sus horas libres, luchando contra las injusticias de la sociedad capitalista en su era industrial.
También encontrábamos el hombre bueno y honesto, socialdemócrata, imbuido de la doctrina social de la Iglesia, pequeñoburgués sin ser conformista ni estar anestesiado.
El estudiante crónico, extraviado en los desvaríos del Che Guevara o de Jean-Paul Sartre, que soñaba con la cubierta del Granma y las aulas de la Sorbona.
El fracasado y resentido social que, como estaba “jodido”, le deseaba a todos su misma suerte.
Los agentes soviéticos y castristas a sueldo, que más que difundir una ideología eran espías de sus regímenes.
Y finalmente el político profesional, que sostenía sus ingresos mensuales con doctrina, pero que, pese al mal que causaba, era, en el fondo una persona honesta.
Del otro lado de la “cortina de hierro” la cosa era distinta: ahí no se jugaba a ser zurdo, se era zurdo en serio, con todas sus consecuencias, y dentro de la “guerrilla latinoamericana” la muerte por el ideal era la consigna.
Nota: la llamo “latinoamericana” porque su soporte ideológico no fue “hispanoamericano” ni “iberoamericano”, sino francés, dando vida a una “Latinoamérica” que en rigor de verdad nunca existió como tal.
Pero “como éramos pocos, parió la abuela”: llegaron Ernesto Laclau, el ideólogo detrás del kirchnerismo, Chávez y el narco, y como decía Carlos Páez Vilaró, “a la mierda campeonato”. El comunismo caribeño y el narcotráfico sellaron una alianza que cambió las reglas del juego.
Todos millonarios, inmensamente ricos, cambiaron el cocido por el sushi y las gambas, pero eso sí, todo muy ecológico.
Los dirigentes gremiales gritaron “¡Liberen a Willy!” y de paso se liberaron ellos mismos de trabajar; si hoy les preguntas por los obreros, te contestan “¿qué es eso?”.
Los hombres buenos y honestos se desbandaron: unos guardaron su idealismo en el silencio de sus casas, y otros, desencantados, abrazaron la “nueva derecha”.
Los fracasados y resentidos pasaron a cobrar subsidios, ayudas y paguitas.
Los agentes se diversificaron con la entrada en escena de la nueva dictadura china hiper capitalista, dejando a Jean-Luc Godard y su “La Chinoise” en el armario de los recuerdos: el librito rojo fue reemplazado por un gadget de Huawei.
El político profesional institucionalizó la “casta” y en tiempo récord canibalizó al 15-M, convirtiendo en millonarios a los “luchadores de Vallecas”, hoy “marqueses de Galapagar”.
Hasta aquí podría decirse que los cambios son más estéticos que de fondo, y que el mensaje final sigue siendo el mismo: “proletarios del mundo, uníos”.
Pero el mensaje cambió dramáticamente; las reivindicaciones dieron un giro brutal.
Pasaron de “¡Ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas de educación!”, “Pan, paz y tierra”, “Ni Dios, ni patrón, ni Estado” y la “confrontación directa de los trabajadores contra el sistema”, a las nuevas causas:
- “Aborto libre y gratuito ya.”
- “Eutanasia libre y gratuita ya.”
- “Cambio de sexo libre y gratuito ya, y para los menores de edad.”
- “Cierren las nucleares.”
- “Sequen los pantanos franquistas.”
- “Dinamiten las represas.”
- “Que el hermano lobo se coma a las ovejas.”
- “No limpien los bosques ni los cauces de los ríos, respeten al hermano yuyo.”
Todo girando alrededor de los “colectivos”. El lenguaje mismo se volvió campo de batalla: el “lenguaje inclusivo”, los pronombres, la cancelación del que disiente, la reescritura del pasado derribando estatuas y rebautizando calles. La lucha de clases fue reemplazada por la lucha de identidades, y el mérito individual pasó a sospecharse como privilegio.
“La culpa de todo es de Franco y de Ayuso”, repiten cansinamente.
“No importa que el PSOE sea corrupto: lo que importa es que no gobierne la derecha”.
“Los jueces y la Iglesia, todos fachas”.
Y así, entre subvenciones, pancartas y posados en ecoparques privados, el discurso que nació para reivindicar al obrero terminó siendo administrado por quienes menos se le parecen.

Muy grato leerte querido amigo.
È così. Y así fue el mundo -una vez más- derivando hacia la Giudecca.
Hoy creo que intentar cambiarlo como alguna vez soñamos es una imgrata quimera, por mi parte hice mía la idea del Mahatma en el sentido de buscar ser uno awuello que promueve y, en todo caso complementarmecon quién está a mi alcance.
Cordialmente
Sarvodaya
🙏🌹❤️
Muy interesante siempre 👏👏👏👏👏👏
Cordialmente, disiento con el «pesimismo» (siempre precursor del nihilismo) que manifiesta el comentarista que me precede. Debe ser porque estoy desde siempre abonado a un «optimismo humanista»: Sostengo, contra viento y marea, que la especie humana no ha hecho, desde que adoptó la posición erecta, otra cosa que progresar (en el sentido original del término, no el del progrerío que padecemos, que es en verdad retrógrado). La Especie tiene como «Eras» (concepto robado a las Geológicas) y en sus evoluciones se va desprendiendo de lo que no sirve. Puede parecer, circunstancialmente, que el proceso se «atasca» o hasta que retrocede un poco. Pero a la corta, mediana o larga, la Humanidad descarga lastre y pasa a un nuevo escenario. Si no fuese así, andaríamos aún viviendo en cavernas y disputando carroñas. Lo que ya no sirve, ahora mismo son «las izquierdas». Y los delincuentes que las dirigen, como bien describe su artículo, lo saben… Mis felicitaciones por compartir sus precisas reflexiones.