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España en el espejo deformante: Goya, Valle-Inclán, San Agustín y el fin de ciclo

Hay momentos en la historia de España en que la realidad supera con creces a sus propios artistas del grotesco. Esta semana de julio de 2026 es uno de ellos. Para comprenderla no hacen falta sociólogos ni encuestadores: bastan Goya y Valle-Inclán.

El esperpento como método de conocimiento

Cuando Ramón del Valle-Inclán acuñó el concepto del esperpento, no estaba inventando un género literario: estaba nombrando una deformidad preexistente en la condición política española. En Luces de Bohemia, Max Estrella proclama que los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el esperpento, que España es una deformación grotesca de la civilización europea. Lo que Valle describió como metáfora teatral se ha convertido, en nuestros días, en el formato habitual de la información política.

Francisco de Goya, por su parte, había diagnosticado un siglo antes la misma dolencia con otra terminología. El cainismo, esa propensión española a la autodestrucción fratricida, quedó inmortalizado en el Saturno devorando a su hijo y en la devastadora secuencia de los Desastres de la guerra y las Pinturas negras. El Goya tardío, el de la Quinta del Sordo, ya no pintaba batallas: pintaba la brutalidad ciega de los contendientes pegándose con palos mientras se hunden en el fango. España, ayer como hoy.

La cumbre de Ankara: el espejo más cóncavo

Que Pedro Sánchez ha destrozado la confianza del eje atlántico en España es una desgraciada certeza. El silencio de la OTAN y de la Unión Europea atestigua un descontento hacia la posición del presidente en el orden internacional.

Pero el detalle verdaderamente goyesco, el apunte que habría fascinado al pintor aragonés como materia para uno de sus aguafuertes, no está en la geopolítica: está en el ramo de flores. Cuando el presidente del Gobierno bajó las escaleras del avión oficial en Ankara, los organizadores del evento le recibieron con un ramo de flores destinado a su esposa, sin saber aún que ella no vendría. La imagen condensa todo el esperpento: el poder en soledad, cargando con flores para nadie, ante las cámaras del mundo.

Begoña Gómez no pudo acompañar a Pedro Sánchez a la cumbre de la OTAN en Ankara. La decisión judicial convirtió un viaje diplomático en una postal incómoda para el Gobierno español: la esposa del presidente, procesada en una causa por presuntos delitos de tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación de caudales públicos y apropiación indebida, quedó fuera de la comitiva oficial porque tiene el pasaporte retenido.

El magistrado que le mandó a juicio por cuatro delitos le retiró el pasaporte al considerar que existía riesgo de fuga. No hubo ocultación posible: la silla vacía al lado del presidente fue la noticia más elocuente de la cumbre atlántica para España.

Que Sánchez fuera capaz de despreciar a la OTAN y a Trump hace un año, en una cumbre en La Haya convertida en un número populista, y ahora se aviniera a pagar lo que le pidan, no arregla nada y en realidad lo agrava todo. Es la prueba de que al frente del Gobierno hay un negligente que juega con los asuntos de Estado y es rehén de peajes incompatibles con el cargo.

Goya habría pintado esta escena. Habría pintado al soberano llegando solo, con sus flores marchitas, ante aliados que le miran sin compasión. Lo habría titulado, con la lacónica crueldad de sus anotaciones en los Caprichos: El sueño de la razón produce monstruos.

El incendio de Almería: cuando la tragedia encuentra al Estado ausente

Mientras ardía el sureste de España, la temporada de incendios de 2026 ya supera los fuegos registrados en todo 2024, con al menos 50.000 hectáreas destruidas según estimaciones del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales. En Los Gallardos, la cifra de víctimas mortales se elevó a 12, con 8 heridos y decenas de personas no localizadas. Una tragedia de proporciones nacionales.

Y entonces llegó el momento que Valle-Inclán habría reconocido de inmediato como material dramático: la política de «el tuyo». El presidente de la Junta de Andalucía y su consejero de Emergencias subrayaron que la caída de un poste de un tendido eléctrico es la principal hipótesis del origen del incendio, advirtiendo que pedirán responsabilidades al responsable del mantenimiento de la instalación. Red Eléctrica dijo que la línea afectada no era suya. Endesa dijo que tampoco era suya. El gobierno nacional desplegó medios y emitió condolencias por redes sociales. Nadie era responsable de nada. Doce muertos esperaban.

El esperpento valleinclanesco radica precisamente en esto: en que la máscara del poder permanece intacta mientras la tragedia se consume. Los personajes del esperpento no son malvados en el sentido clásico; son algo peor: son grotescos, son huecos, son incapaces de altura moral precisamente en el momento en que ésta se exige.

San Agustín y la banda de ladrones: cuando 1.600 años no son suficientes

El episodio más iluminador de esta semana, y el más cargado de profundidad histórica, lo protagonizó monseñor Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española. Durante la conferencia de clausura del Curso de Verano de la fundación Pablo VI, el arzobispo de Valladolid recuperó una frase de San Agustín, escrita entre los años 412 y 426, exactamente 1.600 años antes, mientras el doctor de la Iglesia contemplaba el lento e inexorable derrumbe del Imperio Romano.

La frase agustiniana, aquella que interroga qué son los gobiernos sin justicia sino bandas de ladrones a gran escala, y qué son esas bandas sino reinos en pequeño, desencadenó una reacción gubernamental que, por sí sola, constituye la más perfecta ilustración del esperpento. El ministro Bolaños respondió a los obispos preguntando públicamente si acaso podría calificarse a la Iglesia como una banda de agresores sexuales.

Detengámonos aquí un instante, porque Goya merece que se lo detengamos. Un obispo cita a San Agustín. El gobierno responde evocando la pederastia clerical. No hay refutación argumental, no hay debate filosófico, no hay respuesta a la cuestión de fondo sobre la justicia como fundamento del poder. Hay, en su lugar, el insulto de taberna, la tu quoque elevada a política de Estado. Goya lo habría colgado entre sus Disparates: lo habría llamado Disparate político o, acaso, El sueño de la respuesta.

El propio monseñor Argüello aclaró posteriormente que no se refería exclusivamente al gobierno, sino al Estado en su conjunto, incluyendo a los ciudadanos que defraudan impuestos o hacen facturas en negro. Pero la reacción gubernamental ya había dicho todo lo que necesitaba decir sobre su propia conciencia culpable.

El cainismo de Goya: los dos que se hunden juntos

La imagen más poderosa del Goya negro es, sin duda, el Duelo a garrotazos, también llamado La riña. Dos hombres se golpean mientras se hunden lentamente en el fango. No hay árbitro, no hay público, no hay salida. Solo la violencia recíproca y el barro que sube.

La política española de estos días reproduce esa imagen con una fidelidad escalofriante. El gobierno responde a cada escándalo de corrupción con la letanía del «tú más» hacia el PP. El PP responde con sus propios casos. Los socios del gobierno, aquellos que instalados en la demagogia antiamericana, no están dispuestos a aprobar unos Presupuestos Generales del Estado clave para cumplir con cualquier compromiso internacional, sabotean desde dentro a quien les necesita. Y el fango sube para todos.

La diferencia con el Goya de 1820 es que hoy los contendientes tienen micrófonos, cuentas de Twitter y gabinetes de prensa. El “palos” ha sido sustituido por el titular. Pero el fango es el mismo.

La cloaca y el esperpento de los espejos

Valle-Inclán entendió algo que los analistas políticos contemporáneos olvidan con frecuencia: el esperpento no consiste en exagerar la realidad sino en mostrarla con absoluta fidelidad a través de un espejo deformante. El espejo cóncavo no miente; revela lo que el espejo plano oculta por cortesía.

Los detalles que estos días emergen de lo que se ha dado en llamar “la cloaca”, las tramas de financiación irregular, las influencias cruzadas, los personajes que acumulan imputaciones mientras siguen ejerciendo el poder, componen un cuadro que ningún dramaturgo del absurdo se habría atrevido a firmar por excesivo. La ficción tiene el pudor que le falta a la realidad.

La desconfianza geopolítica ante Sánchez nace también de su incomprensible sintonía con China, de su complicidad añeja con el chavismo y de su unilateralismo facilón en cuestiones tan complejas como Oriente Medio, convertidos en excusas para lanzar soflamas de consumo interno. Y mientras tanto, las infraestructuras envejecen, los incendios matan, los aliados desconfían y las flores se marchitan en manos de nadie en la pista de aterrizaje de Ankara.

Epílogo: lo que Goya y Valle-Inclán y San Agustín nos enseñan sobre el fin de ciclo

Ni Goya ni Valle-Inclán fueron, en el fondo, pesimistas. Goya pintó los horrores de la guerra porque creía en la posibilidad de una España distinta; de lo contrario, no habría gastado tinta ni tiempo. Valle-Inclán deformó a sus personajes porque amaba, a su torturada manera, la dignidad que habían perdido. San Agustín recurrió a la “verdad incómoda”

El diagnóstico que nos ofrecen para este julio de 2026 no es, pues, el de la resignación sino el del espejo implacable: esto es lo que somos cuando olvidamos lo que podemos ser. Cuando el poder pierde la justicia que San Agustín consideraba su único fundamento legítimo, cuando la respuesta a la filosofía es el insulto, cuando los muertos de un incendio esperan mientras las instituciones se reparten las culpas, cuando el presidente de un país llega solo a la cumbre de sus aliados cargando flores para una ausencia judicial, entonces no estamos ante una crisis de gestión. Estamos ante lo que Goya llamó cainismo y Valle-Inclán llamó esperpento: la España que se mira en el espejo cóncavo y no reconoce su propio rostro.

O quizá sí lo reconoce. Y esa es la parte más aterradora.