No se sabe si fue porque el galgo es mufa, gafe, yeta o pájaro de mal agüero, o si fue un castigo de Isabel la Católica a la empresa transportista del holding anglo-español IAG por no poner la bandera española al aterrizar en Barcelona, pero el resultado es que el avión de Iberia que debía llevar de vuelta al Papa desde Tenerife a Roma se rompió.
El fallo fue en el motor del Airbus A320, bautizado como Parque Nacional Picos de Europa—, que ya acumulaba más de una hora de retraso cuando los técnicos no lograron resolver la incidencia. Una situación insólita: al parecer, la primera vez que algo así ocurre en un vuelo papal.
Al igual que el domingo pasado, cuando León XIV celebraba una Misa en Madrid ante un millón y medio de personas, en el momento del incidente el presidente del Gobierno no tenía ninguna actividad registrada en su agenda oficial según la web lamoncloa.gob.es. Lo mismo que cuando ocurre algún escándalo, o una ciudad española lo necesita: paradero desconocido.
Pero la Constitución del 78 nos dio un Rey, el Jefe de Estado, y el actual Felipe VI siempre está cuando se le necesita.
La secuencia comenzó cuando León XIV ya había embarcado junto a su séquito. El comandante anunció a los pasajeros la detección de una incidencia técnica y pospuso el despegue. Felipe VI, que minutos antes había despedido al Pontífice al pie de la escalerilla, recibió la noticia en la terminal y tomó una decisión poco habitual: volvió sobre sus pasos y subió de nuevo al avión.
Ambos abandonaron la aeronave conversando con aparente tranquilidad mientras los técnicos evaluaban el problema. Fue entonces cuando el Rey actuó con la misma determinación que mostró cuando se cayó la bandera el 30 de mayo en el Desfile de las Fuerzas Armadas.
El mensaje fue tan claro como la situación: Su Santidad, no se preocupe. Usted y una pequeña delegación parten ya en mi Falcon; al resto del pasaje lo llevará un avión de Iberia que ya está en camino desde Madrid; yo esperaré aquí otro aparato del Ejército del Aire que me venga a buscar.
Al filo de las siete de la tarde, León XIV subió al Falcon junto a una comitiva muy reducida, poniendo fin a una jornada marcada por la excepcionalidad operativa. El avión de reemplazo de Iberia para el resto del pasaje ya había despegado desde Madrid con llegada prevista a Tenerife Norte entrada la noche. Y un segundo Falcon llegaría al aeropuerto tinerfeño para traer al Rey de vuelta a la Península, puesto que su avión lo ocupaba ahora el Pontífice.
El galgo huye. El Rey se queda, cede lo suyo y espera. Eso, también, es la diferencia entre un Jefe de Estado y un presidente de agenda en blanco.
Ver mi nota del 9 de febrero titulada: «No creo en las brujas, pero…»
