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España y el mundo, observan con perplejidad la imputación, por primera vez en la historia, de un expresidente de gobierno, pero no hay que engañarse, los millones “presuntamente” robados por la trama es “calderilla” frente a los males que Zapatero le causó a España.

  1. El aprovechamiento del 11-M para ganar las elecciones (2004)

Este es quizás el hecho más brutal y el que más marcó la vida política española durante años: Zapatero se benefició electoralmente del caos informativo generado por el 11M y el poco feliz manejo de las circunstancias por parte del gobierno, contaminando el fin de la campaña electoral de una elección que tenía perdida.

  1. El blanqueo de ETA y la «traición» a las víctimas del terrorismo

El llamado «proceso de paz» con ETA fue otro eje central de su miseria moral. El gobierno socialista de Zapatero intentó acabar con el terrorismo de ETA mediante la negociación con la banda y su entorno durante la VIII Legislatura. No fue valentía política sino rendición, no fue una negociación sino una claudicación que desarmó al Estado y dejó heridas aún abiertas, con el Estado de Derecho relegado y el testimonio de las víctimas apartado.

Las pruebas de haber «blanqueado» al entorno terrorista se concretó en episodios como la famosa frase de Zapatero sobre Arnaldo Otegi «ha hecho un discurso por la paz», facilitando además la legalización del brazo político de la banda asesina mediante un Tribunal Constitucional controlado por los socialistas.

  1. La Ley de Memoria Histórica: reavivar las cenizas de la guerra civil

La Ley de Memoria Histórica de 2007 no fue un acto de justicia reparadora sino una operación política de «cainismo guerra civilista». Zapatero rompió la transición con la primera ley de memoria histórica, el consenso de la Transición, articulado en torno al olvido compartido, había sido el cimiento de la democracia española, y reabrir las heridas del franquismo sin acuerdo entre las grandes fuerzas políticas fue un acto de irresponsabilidad que benefició electoralmente a la izquierda y desestabilizó la convivencia.

  1. El alejamiento de Occidente, la Alianza de Civilizaciones y el acercamiento a regímenes autoritarios

El abandono de la política atlantista de Aznar fue acompañado de una cesión ante el islamismo internacional. En septiembre de 2004, Zapatero lanzó ante la Asamblea General de la ONU su idea de promover una «Alianza de Civilizaciones» entre Occidente y el mundo árabe y musulmán para resolver los conflictos de forma pacífica, con el apoyo inmediato del entonces primer ministro turco Erdogan.

Chávez aplaudió públicamente la iniciativa, lo que no era casual sino revelador de las simpatías ideológicas del presidente español. El historiador británico Henry Kamen fue lapidario: calificó la Alianza de Civilizaciones de «inútil o incluso una farsa», puesto que una alianza necesita compartir conceptos en común, algo imposible entre el islam y los valores de la sociedad europea. Esto se completaba con los vínculos con Venezuela y Cuba, una complicidad ideológica con regímenes que reprimían a sus ciudadanos, algo que cobró una dimensión nueva con la investigación sobre Plus Ultra.

  1. La retirada de Irak: precipitada, descoordinada y dañina para los aliados

Nada más llegar a La Moncloa, Zapatero ordenó la precipitada retirada de las tropas, irritando a EEUU y a los otros países presentes en el país asiático. Las palabras del secretario de Estado Colin Powell ejemplifican el enfado: «No es el momento de retirar las tropas», dijo, insistiendo en que no era conveniente «escapar ni esconderse».

  1. La anécdota de la bandera de EEUU: el gesto que valió mil palabras

Durante el desfile militar de la Fiesta Nacional de 2003, cuando era líder de la oposición, Zapatero se mantuvo sentado al paso de la bandera de Estados Unidos, en un acto al que había sido invitado el ejército norteamericano. El gesto fue una muestra de antiamericanismo primario e infantil digno de ideología de baño de facultad, que prefiguraba la política exterior que aplicaría desde La Moncloa, un episodio menor en los hechos, pero enorme en el imaginario político, porque condensó simbólicamente todo un programa de alejamiento de la alianza occidental.

  1. El manejo de la economía: de «campeones» al mayor desastre en décadas

Zapatero presidió los años del boom inmobiliario sin atajar la burbuja y en algunos casos inflándola, negó la llegada de la crisis cuando ya era evidente, y luego aplicó reformas de ajuste que contradecían sus compromisos electorales.

El Gobierno primero negó la crisis, luego anunció unos «brotes verdes» que quedaron en el olvido, aseguró que el desempleo no llegaría a los 4 millones y la cifra cerró 2010 con 4,7 millones de parados. El mayor déficit de la historia reciente española, el 11,3% del PIB en 2009, fue en su mayoría de carácter estructural, resultado de no haber atendido las advertencias del Banco de España, que en 2008 recomendó cautela con la política fiscal ante la caída de los ingresos ligados al boom inmobiliario. La famosa expresión de que España era «la Champions de la economía» quedó como epitafio de una gestión, un verdadero símbolo de irresponsabilidad y frivolidad.

  1. La destrucción de los pilares de la Constitución del 78: el Estatut y la cuestión territorial

Zapatero fue quien puso las primeras cargas de profundidad bajo el edificio constitucional abriendo la reforma del Estatut catalán sin los consensos necesarios. La «calculada ambigüedad de Zapatero en todo lo referente al modelo de Estado» (la nación española es un concepto discutido y discutible SIC), fue corresponsable del proceso que desembocó en el independentismo, al prometer en un mitin que apoyaría «la reforma del Estatuto de Cataluña que apruebe el Parlamento de Cataluña», una frase que le perseguiría el resto de su carrera. Paradójicamente, el Tribunal Constitucional anuló partes clave del Estatut, que sentó, según muchos analistas, las bases emocionales del procés independentista.

  1. El desgaste de la monarquía

Zapatero llegó al poder con una agenda de reformas constitucionales que incluía la supresión de la preferencia del varón en la sucesión al trono, señal de una relación con la Corona que era instrumental, no institucional. La distancia entre Zapatero y Juan Carlos I al contrario de Felipe González, nunca fue cómoda, y nunca protegió la institución monárquica como palanca de estabilidad del Estado.

  1. El 15-M: fruto de su política, apropiado como relato propio

El movimiento de los Indignados del 15 de mayo de 2011 nació como una explosión de frustración ciudadana que tenía a Zapatero como blanco principal: el desempleo de casi cinco millones de personas, los recortes, el descrédito de la clase política. Sin embargo, la izquierda hegemónica consiguió con el tiempo resignificar el 15-M como un movimiento de regeneración democrática que prefiguraba el ciclo político posterior, Podemos y Sánchez diluyendo la responsabilidad de Zapatero en haberlo generado.

La rehabilitación: cómo Sánchez convirtió al presidente más denostado en «reserva moral» del socialismo

La historia política española rara vez ofrece ironías tan perfectas como esta. Zapatero abandonó la política en 2011 en las condiciones más adversas: el PSOE sufrió bajo su última legislatura la mayor derrota electoral desde la restauración de la democracia, perdiendo 59 diputados y entregando al PP la mayoría absoluta.

El resultado fue una victoria aplastante del Partido Popular que consiguió 186 diputados, mientras que el PSOE registró el peor resultado de todo el reinado de Juan Carlos I. Se fue sin discurso de victoria, sin legado reconocido, con la economía en llamas y una crisis territorial abierta.

Durante años, Zapatero fue, para el votante medio español y para buena parte de la propia izquierda, un nombre incómodo. Los socialistas evitaban invocarlo. La prensa progresista lo citaba con distancia. Felipe González, el gran referente histórico del PSOE, había construido su propio espacio crítico y no necesitaba de Zapatero para nada.

Pero entonces llegó Sánchez, y la necesidad cambió el mapa.

El problema que Sánchez tenía con su genealogía socialista era estructural: Felipe González se convirtió en uno de los principales críticos del presidente, lo que dejaba al sanchismo sin el aval del único expresidente del PSOE con verdadera autoridad histórica.

El vacío era insostenible. Un proyecto que se presentaba como la culminación progresista del socialismo español necesitaba algún eslabón legitimador en la cadena. Zapatero, compartía con Sánchez una visión del PSOE radicalmente distinta a la de González, era la pieza que encajaba.

Zapatero emergió como un personaje clave para respaldar a Sánchez tanto dentro como fuera del socialismo. El expresidente se había ganado un lugar en el entorno sanchista en la campaña presidencial de 2023, y desde el comando socialista detectaron la buena sintonía que el exmandatario mantenía con las bases del partido, llevándolo a decenas de actos proselitistas por toda España.

El mecanismo fue doble. Por un lado, la maquinaria de comunicación afín al gobierno, los medios beneficiados por la publicidad institucional, el ecosistema de tertulias progresistas procedió a una operación de rehabilitación sistemática de Zapatero: sus errores económicos fueron reencuadrados como consecuencia de la crisis global; su proceso con ETA, como valentía histórica; su Ley de Memoria Histórica, como pionerismo democrático. El «peor presidente» se convirtió, por decantación, en la «reserva moral» que el sanchismo necesitaba frente al vacío que dejaba González.

Por otro lado, el propio Zapatero se prestó con entusiasmo al papel. Sus viajes a Venezuela, Cuba, China y otros regímenes afines al bloque bolivariano, fueron presentados por sus defensores como diplomacia humanitaria. Su apoyo incondicional a las posiciones más rupturistas del sanchismo le convirtió en el interlocutor privilegiado de un gobierno cada vez más dependiente de los apoyos parlamentarios de la izquierda radical.

La paradoja resultante es de una densidad casi literaria: mientras González se distanció públicamente del actual liderazgo socialista, Zapatero se convirtió en el gran referente político y emocional del sanchismo, siendo el expresidente que más legitimaba el proyecto político de Sánchez. El hombre que construyó su presidencia sobre el rechazo a la herencia de Aznar se convirtió, treinta años después, en el ariete legitimador del heredero de González contra el propio González.

Y entonces llegó el caso Plus Ultra.

La imputación del que fuera presidente del Gobierno entre 2004 y 2011 llegó como una sorpresa para el electorado progresista. Zapatero niega todas las acusaciones y afirma que «jamás» realizó «ninguna gestión con la administración» en relación con el rescate de Plus Ultra.

Pero el daño político es doble: no solo afecta a Zapatero como figura, sino que golpea directamente al núcleo emocional y estratégico del actual Gobierno, agravando la sensación de desgaste y fin de ciclo en La Moncloa.

Lo que el escándalo Plus Ultra ha hecho, en suma, es desvelar la arquitectura completa de la operación rehabilitadora: Zapatero no fue rescatado por mérito propio ni por revisión historiográfica honesta de su presidencia. Fue rescatado por necesidad funcional del sanchismo. Y cuando esa función ya no puede cumplirse, cuando el «activo» se convierte en «pasivo», la operación queda al descubierto en toda su artificialidad.

La crisis provocada por el caso Zapatero está modificando parcialmente la percepción sobre quién puede representar el futuro del socialismo español, llevando a parte del electorado a mirar hacia figuras asociadas a la estabilidad y la credibilidad institucional, sin perder de vista los referentes históricos que González encarnó.

El círculo se cierra, pues, con una amarga elegancia: el hombre que fue expulsado de la historia por la puerta de servicio en 2011 fue readmitido por la puerta principal en 2023 para servir a quien lo necesitaba, y ahora amenaza con llevarse consigo, al salir de nuevo, una parte del edificio que tanto esfuerzo costó construir.