El caso del Hondius, ha funcionado como un escáner involuntario: ha revelado en una semana el estado real de las instituciones españolas, de sus relaciones territoriales internas y de su posición en el mundo.
El crucero MV Hondius permanece aislado por un brote de hantavirus. El barco viajaba entre Argentina y las Islas Canarias, y estuvo retenido varios días frente a las costas de Cabo Verde tras la muerte de tres personas por este virus. Se sospecha que podría haber ocho contagios, de los cuales tres han sido confirmados con pruebas de laboratorio en Suiza y Sudáfrica, tratándose de la única variante conocida con capacidad de transmisión entre personas, aunque este mecanismo es poco frecuente y requiere contacto estrecho.
El choque político: Canarias contra el Gobierno central
Este es el núcleo más tenso de la crisis. El Gobierno de Canarias rechazó la decisión unilateral del Ejecutivo de Pedro Sánchez de permitir que el crucero atraque en el archipiélago. El presidente canario, Fernando Clavijo, denunció la «improvisación» de la administración central, y señaló que la ministra de Sanidad, Mónica García, comunicó el giro de posición mediante un mensaje de texto a medianoche, sin facilitar datos sobre el número de infectados ni el origen de la transmisión. Esta medida ignoró, según Clavijo, el acuerdo técnico previo entre Sanidad Exterior y las autoridades canarias, que habían determinado por unanimidad la inviabilidad de la escala en las islas. La gestión fue señalada por la falta de transparencia y la exclusión de Canarias de las reuniones de seguimiento.
La crisis ha desbordado el ámbito sanitario para convertirse en un serio conflicto institucional: el Gobierno central impuso la decisión amparándose en el mandato de la OMS, mientras Canarias denuncia haber sido excluida, informada a última hora y tratada como si sus competencias sanitarias propias no existiesen.
El engaño a Clavijo es un hecho probado, no una opinión:
El Gobierno de España acordó con la OMS acoger en Canarias al crucero Hondius pese a un acuerdo previo con el Gobierno canario de no hacerlo. Mientras Canarias creía haber convencido a la Moncloa de cerrar la puerta al buque, el Ministerio de Sanidad se ofrecía ya como «puerto seguro» ante Ginebra.
En una reunión técnica entre autoridades sanitarias del Ministerio y del Gobierno de Canarias se había alcanzado un acuerdo con base clínica: los casos sintomáticos serían evacuados en Cabo Verde mediante aviones medicalizados y el barco continuaría su ruta hacia Países Bajos sin escala en suelo español. La propia ministra Mónica García había transmitido a Clavijo que desde el Ministerio consideraban que «no es razonable trasladarlo de Cabo Verde a Canarias para luego salir».
Lo que sí está fuera de toda duda es el patrón de fondo: una crisis sanitaria gestionada con criterios de oportunidad política, donde Canarias, territorio con gobierno del PP/CC al que no se consulta, absorbe la carga, Madrid, también con gobierno del PP no es informada, y una comunidad en plena campaña electoral queda al margen de cualquier coste. Eso no es una interpretación, sino la suma de los hechos documentados.
El problema de credibilidad: dos caras del mismo déficit
Si Fernando Simón dice que no pasa nada, quizás pasa algo, y Mónica García tiene un perfil diferente pero igualmente complicado para este momento, su conflicto con los médicos, la huelga, la imagen de ministra ideológicamente confrontada con su propio sector, genera una paradoja: es la máxima responsable sanitaria del país y al mismo tiempo una figura en la que el propio estamento médico ha expresado abiertamente su desconfianza, finalmente la OMS cuestionada por su actuación en la pandemia, sus vínculos con China y las acusaciones de corrupción. Cuando los mensajeros tienen ese perfil, el mensaje llega dañado de origen.
¿Cómo reaccionará la ciudadanía cuando la información de una crisis sanitaria viene de la OMS, Mónica García y Fernando Simón?.
La primera respuesta es el miedo racional. El hantavirus tiene una letalidad del 40%, no existe tratamiento específico ni vacuna, y la cepa Andes, la detectada, es transmisible entre personas. Eso es suficiente para generar inquietud legítima en cualquier ciudadano bien informado, con independencia de quién comunique.
La segunda capa es la desconfianza institucional acumulada. España salió de la pandemia con una fractura profunda entre una parte de la población y las instituciones sanitarias del Estado. Esa fractura no se ha cerrado. Cuando llega una nueva emergencia con los mismos rostros, los mismos mecanismos de comunicación y el mismo lenguaje “tranquilizador”, esa desconfianza se reactiva automáticamente. No hace falta ser conspiranoico para preguntarse si se está recibiendo información completa.
La tercera capa, y quizás la más dañina políticamente, es la percepción de instrumentalización. Cuando la ciudadanía observa que el gobierno autonómico canario dice no haber sido informado, que la Comunidad de Madrid tampoco fue avisada, que Málaga queda fuera en plena campaña electoral, y que todo esto lo gestionan figuras con credibilidad cuestionada, el resultado no es pánico sino algo más corrosivo: la sensación de que los intereses políticos pesan más que su seguridad.
El rompecabezas del Hondius: ¿incompetencia, política interna o geopolítica?
Primero, los hechos que no tienen explicación técnica satisfactoria, si Cabo Verde tenía aeropuerto operativo y voluntad declarada de cooperar, el argumento de la OMS sobre «incapacidad» resulta cuestionable. ¿Por qué un Estado soberano con infraestructura aérea internacional «no puede» recibir unos aviones medicalizados para repatriar a los pasajeros directamente a sus países?
El factor Marruecos agrega una señal muy rara, el avión que transportaba a dos pacientes con hantavirus desde Cabo Verde hasta Ámsterdam tuvo que realizar una escala técnica en Gran Canaria ante la negativa de Marruecos a que lo hiciera en Marrakech, negar el repostaje de un avión medicalizado con dos enfermos graves no es un acto técnico: es un acto político deliberado. Marruecos tiene con España una relación compleja y asimétrica, en la que ha aprendido a usar cada palanca disponible.
El contexto internacional en el que ocurre todo esto es inédito para España. La crisis entre España e Israel es un deterioro profundo que mezcla la posición del gobierno en Gaza, el alejamiento de Estados Unidos y el aislamiento creciente dentro del eje occidental. España ha dejado de ser un socio fiable según Jerusalén, y el ministro israelí Gideon Saar analiza interrumpir las relaciones diplomáticas, lo que esto significa en la práctica es que España está operando en un momento en que sus aliados naturales, EEUU, Israel, parte de Europa, están en tensión con el gobierno de Pedro Sánchez, mientras que los países con los que ha apostado a relacionarse mejor, como Marruecos, se comportan como acaba de demostrar la negativa del repostaje, sin ninguna reciprocidad.
Lo que hace interesante este caso es que una crisis sanitaria aparentemente periférica termina siendo un espejo de problemas mucho más profundos.
La gestión del Hondius ha comprimido en unos pocos días tensiones que normalmente tardan meses en hacerse visibles: la relación entre el Estado y las comunidades autónomas, la credibilidad de los portavoces institucionales, el coste real de determinadas apuestas de política exterior, y la tendencia del gobierno a mezclar cálculo electoral con decisiones que deberían ser estrictamente técnicas.
