Cuatro reencarnaciones, ocurridas trece siglos después de su muerte, es el tema de una Miniserie de ficción que sería estrenada en la próxima primavera en una plataforma de Streaming.
La trama de este «thriller”, trata de un grupo de científicos, que descubren la reencarnación de los visigodos el Conde Don Julián, Olmundo, Oppas y Teodomiro en el cuerpo de cuatro políticos actuales españoles.
Capítulos 1, 2 y 3
Los primeros tres episodios muestran la España del siglo VIII con un relato histórico lleno de color.
“En los postreros días del reino visigodo, cuando el sol de Toledo declinaba tras siglos de esplendor, los destinos de Hispania comenzaron a enredarse en las pasiones de hombres divididos entre la lealtad y la ambición”.
La muerte del rey Witiza, hacia el año 710, dejó tras de sí una herencia disputada: sus hijos reclamaban el trono por derecho de sangre, pero la nobleza eligió a Rodrigo, encendiendo un fuego de discordia que muy pronto se convertiría en incendio.
Fue entonces cuando la figura del conde Don Julián, gobernador de las lejanas tierras de Ceuta, entró en la historia teñida de leyenda, el monarca Rodrigo ultrajó a su hija, la joven Florinda, movido por la ira y el deseo de venganza, Julián abrió las puertas del Estrecho a Tariq ibn Ziyad, señalando con su traición el camino por el que habrían de llegar las huestes musulmanas.
En su gesto se mezclan mito y verdad, fue visto como el traidor por excelencia, pero también como el reflejo de un reino que ya se resquebrajaba desde dentro.
Mientras tanto, los hijos de Witiza, despojados de la corona que creían suya, buscaron el auxilio del invasor para destronar al odiado Rodrigo, entre ellos, Olmundo aparece como un príncipe joven, atrapado en la turbulencia de su tiempo.
En Guadalete, bajo un sol abrasador, se selló el destino del reino, Rodrigo pereció, y con él se desplomó la frágil unidad de Hispania.
El eco de aquella derrota alcanzó también a Oppas, hermano de Witiza, obispo poderoso, que años después, subió a las montañas de Covadonga junto a los musulmanes, para disuadir al rebelde Pelayo.
Era un clérigo persuadido de que la resistencia era inútil y de que convenía someterse al nuevo poder. Quizá fue un oportunista, quizá un pragmático, pero su nombre ha quedado asociado a la sombra de la claudicación.
Más claro resulta el destino de Teodomiro de Murcia, noble de las tierras levantinas. En lugar de empuñar la espada hasta la muerte, eligió la vía del pacto.
En 713 firmó con Abd al-Aziz ibn Musa un acuerdo que aseguraba la pervivencia de sus dominios y de su fe, a cambio de tributo. El territorio de Teodomiro, aquel pequeño reducto cristiano bajo soberanía musulmana se convirtió en símbolo de una nueva época: la de la convivencia forzada, en la que la supervivencia dependía más de la astucia que del valor.
Así, entre la furia vengativa de Don Julián, las ambiciones frustradas de Olmundo, la resignación eclesiástica de Oppas y la prudencia negociadora de Teodomiro, se dibuja el mosaico humano que acompañó la caída del reino visigodo.
Ninguno de ellos pudo prever que sus nombres, cargados de gloria o de infamia, quedarían para siempre entretejidos en la memoria de la península. Y todos, a su modo, abrieron paso a un nuevo mundo en el que Hispania dejó de ser visigoda para convertirse en al-Ándalus.
Capítulos 4, 5 y 6
En el capítulo cuatro, la acción salta intempestivamente al año 2025, desarrollando un relato que se extiende hasta el capítulo 6
“El país se precipita hacia un abismo anunciado, desde hace años la erosión de la autoridad, la fragmentación social y la corrupción del poder han debilitado sus cimientos”.
Nadie puede señalar el instante exacto en que comenzó la caída, pero cuando llegaron los primeros signos de invasión ya era tarde, las señales estaban escritas desde mucho antes: en la arrogancia de unos gobernantes, en la resignación de un pueblo fatigado, en la repetición de un destino que parece circular.
La ofensiva no fue estruendosa ni repentina, no hubo trompetas ni grandes batallas iniciales, fue más bien una infiltración paciente y múltiple, desplegada en tres frentes escogidos con frialdad matemática: las islas Baleares, las islas Canarias y el sur de Andalucía, desde allí se abriría el cuerpo del país como una fruta madura, vulnerable por dentro, incapaz de sostenerse.
El Traidor
En Andalucía, la primera grieta se abrió gracias a la mano de un hombre resentido, fue él quien, como en otro tiempo Don Julián en Ceuta, entregó las llaves de la frontera. Gobernaba en la sombra una porción de territorio con la ilusión de grandeza personal y el odio acumulado hacia el poder central.
Su traición no fue el gesto improvisado de un instante, sino la culminación de años de resentimiento cultivado en silencio pactó en la sombra, permitió desembarcos discretos, allanó el terreno para la llegada de quienes venían del sur, así quedó marcado en la historia como el que abrió la puerta, el que no necesitó derribar murallas porque simplemente las dejó sin guardia.
El Heredero
En las Baleares, la figura dominante es la de un político joven, heredero frustrado de una dinastía rota, en él revive la ambición de Olmundo, hijo de Witiza, que siglos atrás soñó con reinar tras la muerte de su padre.
Creía que la invasión sería la ocasión para reclamar lo que se le había negado, convencido de que su destino estaba escrito en la sangre, desde el puerto de Palma hasta las calas más pequeñas, el desembarco es recibido con pasividad y hasta con complicidad.
Promesas de poder local, garantías de prestigio y falsas alianzas hicieron de él un colaborador entusiasta, no advirtió que los invasores solo lo utilizaban como herramienta temporal, como Olmundo, acabaría siendo pieza desechable de un juego que lo superaba.
El Clero
En Canarias, otro personaje da forma a la derrota. con un político de verbo suave, rodeado de un aura de sabiduría conciliadora, encarna el espíritu de Oppas, el obispo visigodo que había predicado la rendición en Covadonga.
Desde su púlpito laico insiste en que no hay que combatir, que es preferible evitar el derramamiento de sangre, que la sumisión puede convertirse en convivencia. Bajo su discurso las islas capitularon casi sin resistencia, presentando la entrega como un acto de responsabilidad y sensatez, fue el rostro amable de la derrota, el que vistió de paz lo que era sumisión.
El Pactista
En el sureste, desde Murcia hasta Orihuela, otro veterano político representó la última modalidad de rendición: el pacto pragmático, era el nuevo Teodomiro, sabía que resistir era inútil, que los ejércitos que se aproximaban eran más numerosos y mejor organizados.
Decidió entonces negociar, conservó títulos y tierras, garantizó cierta autonomía local y firmó acuerdos que parecían preservar la estabilidad, pero cada firma en sus documentos era también una claudicación, los invasores le dejaron gobernar en apariencia, mientras el verdadero poder se desplazaba hacia sus propias manos, fue un superviviente, pero a costa de renunciar a todo lo que merecía ser defendido.
Los tres frentes
Así cayeron, uno tras otro, los tres frentes, en las Baleares, la ambición abrió el camino, en Canarias, la resignación lo justificó, en Andalucía, la traición lo precipitó y en el sureste, la negociación lo consolidó.
El país entero quedó atrapado en una red de cesiones, promesas incumplidas y falsas alianzas, la invasión no encontró una resistencia unificada porque las voces se ahogaban en sus propias contradicciones, el enemigo no necesitó grandes batallas para imponerse: le bastó con explotar las fisuras ya abiertas en el cuerpo de la nación.
La revelación
Los cuatro hombres comienzan entonces a sentir un desasosiego que no pueden explicar. En sueños, en imágenes fugaces, en recuerdos que no eran suyos, aparecen escenas del pasado: el rey Rodrigo cayendo en Guadalete, Florinda llorando en Ceuta, Oppas rogando en Covadonga, Teodomiro firmando en Orihuela.
Comprendieron que aquello ya había ocurrido, que no eran pioneros de una tragedia nueva, sino actores que repetían, reencarnados, el mismo papel de hace trece siglos.
Cada uno de ellos se descubrió como sombra de sí mismo, condenado a traicionar, pactar o resignarse, como si el tiempo estuviera atrapado en un círculo del que no se podía salir.
El colapso
La invasión se consumó sin gloria ni epopeya, no hubo héroes, ni epopeyas que contar, ni resistencia capaz de alterar el curso de los acontecimientos, en menos de un año, el país cambia de rostro.
Banderas nuevas flamean en los edificios oficiales, los puertos están bajo control ajeno y las rutas de comunicación responden a otros mandos, y la soberanía se evaporó como un espejismo.
El pueblo, confuso, oscila entre el miedo y la indiferencia, algunos aceptan con docilidad, creyendo en las promesas de orden, otros callan, resignados, unos pocos se rebelan, pero son silenciados sin dificultad. El destino de la nación se decidió no en grandes batallas, sino en despachos oscuros, en traiciones personales, en pactos indignos.
Epílogo
De este modo, el país cayó una vez más en manos extranjeras, como había caído en el año 711, las páginas de la historia volvieron a escribirse con tinta de derrota, el ciclo se cerró sobre sí mismo, mostrando que nada ha cambiado, ni los hombres, ni sus ambiciones, ni sus errores.
El traidor, el heredero, el clérigo y el pactista cumplieron, uno tras otro, el papel que el destino les había asignado, no fueron conscientes de que la historia no se repite porque los hechos lo impongan, sino porque los hombres rehúsan aprender de sus fracasos.
El relato de aquella hora no quedó grabado en crónicas oficiales, fue más bien un murmullo que atravesó las generaciones futuras, una advertencia escrita en la memoria colectiva: los pueblos que olvidan su pasado están condenados a vivirlo de nuevo. Y en ese espejo implacable, España volvió a contemplarse, reconociendo que la sombra de su ruina había estado siempre al acecho, esperando el momento oportuno para repetirse.
Sin duda alguna, se abrirán “quinielas” sobre si los cuatro políticos actuales son simple producto de la imaginación del autor o corresponden a personajes reales.
El capítulo sexto tiene un final abierto que deja la sensación de que próximamente se disfrutará una nueva temporada que podría titularse “La última reconquista”
