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Anoche tuve un sueño, apareció Pedro Sánchez y me dijo: “Te ofrezco concederte cualquier deseo”, yo le contesté: «Sí, apártate un poco, me estás quitando el sol» y él me replicó: “Si yo no fuera Pedro, desearía ser Ramón” y como yo no soy Diógenes y Pedro Sánchez no es Alejandro Magno, ni nada que se le parezca, espero olvidarme de esta pesadilla.

Las últimas semanas hemos estado sometidos a una sobredosis de despropósitos por parte del gobierno de España y sus cómplices, no sabiendo que me enoja más, si las ignominias que cometen o las sandeces que dicen.

En los mentideros madrileños se dice, sin ningún tipo de pruebas todavía, pues todos siguen la doctrina “García Ortiz” que afirma “borro todo lo que me compromete”, que la gente que rodea a Pedro Sánchez la catalogan en tres categorías: los que escriben con faltas de ortografía, todos sus ministros con Pili Juerga a la cabeza, los que hablan con faltas de ortografía con la número uno, la Farruquita y los que piensan con faltas de ortografía con el insuperable “Golpe Pumpido”.

Para internarme en un “cacho de cultura” como ponía en boca de Clemente, Carlos Loiseau, más conocido como Caloi, decidí aprovechar la pesadilla para recordar a Diógenes.

Diógenes fue un filósofo griego que vivió en el siglo IV AC, considerado uno de los fundadores del cinismo, una escuela de pensamiento que abogaba por una vida de virtud en armonía con la naturaleza, rechazando las convenciones sociales, las posesiones materiales y la búsqueda de riqueza, poder o fama.

La relación entre Diógenes el Cínico y Alejandro Magno es una de las anécdotas más famosas de la filosofía antigua, y aunque su historicidad exacta a menudo se debate, su valor simbólico y la enseñanza que nos deja son inmensos, la cual misteriosamente entró a mi mundo de los sueños, pero pervertida, como todo lo que está pasando en España.

Alejandro Magno fue rey de Macedonia y uno de los comandantes militares más exitosos de la historia, en su corta vida, conquistó un vasto imperio que se extendía desde Grecia hasta la India, dejando una huella indeleble en el mundo antiguo, Alejandro era la personificación del poder, la ambición, la riqueza y la gloria mundana.

Pero la anécdota o mito, pero enseñanza al fin, que más me gusta y que tiene más actualidad es la de la linterna: Se cuenta que Diógenes iba por las calles de Atenas en pleno día, con una linterna encendida, cuando le preguntaban qué hacía, respondía: “Busco un hombre honesto.”, pobre Diógenes, en la “España sanchista” se le hubiera consumido el aceite antes de encontrarlo.

La respuesta de Alejandro Magno, “si yo no fuera Alejandro, desearía ser Diógenes” demuestra que las enseñanzas de su tutor Aristóteles no cayeron en saco roto, a contrario sensu del villano de mi pesadilla, que en su formación no logró completar la enciclopedia Álvarez, sólo pudiendo entender las obras completas del Topo Gigio.

Aristóteles logró introducir en Alejandro la idea de una civilización superior: “Grecia como faro del mundo”, Pedro nunca llegó a enterarse que España fue el faro de mundo con Isabel, Carlos I y Felipe II.

Aunque Alejandro fue un guerrero, no era un bruto. Aristóteles le enseñó la ética del justo medio, el ideal del rey-filósofo, y la necesidad de que el líder fuera racional y prudente. En Pedro JA, JA, JA.

Luego de un poquito de oxígeno, leyendo a Aristóteles, vuelvo a las miserias cotidianas a que nos somete nuestro bolivariano gobierno, que no tiene límites ni líneas rojas en su camino a la disolución del Poder Judicial y al objetivo de remplazar la “Monarquía Parlamentaria” por una “narco república caribeña”.